viernes, 26 de marzo de 2010

CUANDO LA NOVELA NEGRA ES UNA EXCUSA (El interior del bosque, Eugenio Fuentes, Tusquets Editores, Barcelona, 2008)


El problema de acumular tantos libros es doble. Por un lado, está el consabido incordio de tener que embalarlos en cajas y desplazarlos cada vez que uno se muda de alojamiento. Por otro lado, está su acumulación en sí. Uno almacena libros que van apilándose en las estanterías como abstraído por ese fetichismo que Marx denominaba de la mercancía. Montones de páginas encuadernadas que acumulan polvo y polillas mientras el tiempo pasa y nuevos ejemplares se van sumando a esa letanía que ahoga y constriñe el espacio de tu casa. Entretanto, es normal que ciertas adquisiciones pasen desapercibidas incluso antes de haber sido leídas o incluso dando por sentado una lectura que nunca existió. Eso es precisamente lo que me pasó la semana pasada con El interior del Bosque, un libro que compré hará año y medio y del que me había desentendido totalmente. Me fijé en él limpiando el polvo una mañana. Lo cogí, vi que sus tapas permanecían lisas, sin un ápice de arruga o pliegue que denotara la lectura. Lo abrí; sus páginas inmaculadas, sin la acostumbrada laceración de la mina de un lápiz, me confirmaron la sospecha. Terminé aquella mañana con mis tráfagos y me senté en el salón. Abrí la primera página, leí las primeras palabras, las primeras líneas. Creo que fue alrededor de las ocho y media cuando cerré el libro. Por la última página.

Su autor es Eugenio Fuentes (Cáceres, 1958). El libro pertenece a una saga de publicaciones que el escritor circunscribe en torno a un personaje, Ricardo Cupido; detective privado encargado de desentrañar el misterio de los crímenes que normalmente suceden en la ciudad de Breda. En esta ocasión, el hilo argumental de El interior del Bosque tiene origen en el brutal asesinato de Gloria, una mujer joven y atractiva cuyo cuerpo aparece inerte en el interior de la reserva natural del El Paternóster. Las pesquisas de Cupido lo conducen por un ambiente truculento en el que la variedad de personajes que aparecen en escena mantienen un denominador común que los convierte en posibles sospechosos. Ese denominador común es la imagen distorsionada que cada uno va fabricando de Gloria, según la dibuje la cobardía, el amor o la calumnia. Una mujer como iluminada por un reflejo que ciega y que provoca en las personas de su entorno un abanico de pasiones e impulsos tan peligrosos como incontrolables.

No es muy difícil encontrarse con mujeres así. Pero lo que no es tan fácil es describir con exactitud ese reflejo distorsionado que provocan. Fuentes lo consigue. De manera que cuando uno se adentra en sus páginas la sensación de estar ante un espejo lo sobrecoge hasta el ridículo. Eugenio Fuentes reduce al hombre a sus pasiones, razón por la que este libro supera la barrera del propio marbete, el de la novela negra. O dicho de otra manera, el autor se vale del género para contar algo que va más allá del propio género: la novela negra como mera excusa, como un motivo superfluo que acelera un viaje a través de la psique humana, para asomarse a la intimidad de los otros, hurgar en las heridas para terminar descubriendo el virus que las infecta o la pus que generan. Y todo sin alterar las formas, guardando un respetuoso proceder en los arquetipos habituales: empezando por una trama que gira alrededor de un crimen y los quiebros en su investigación; la exacta medición de un ritmo que atrapa; la complicidad que el narrador entabla con el lector; la aparición de un personaje clave —no ya en esta obra, sino en la saga Cupido en general— como el Alkalino, alter ego del protagonista que lo cose a una realidad de la que Cupido se siente tentado de abandonar y que recuerda otros nombres magistrales como Biscuter de Montalbán o Anne Riordan de Chandler o Adrianí de Márkaris.

Pero Fuentes es un narrador por encima de etiquetas y conductas. Uno de los novelistas españoles, junto con Andreu Martín, más acertados en el panorama literario actual. Detrás de su obra se encuentra un trabajo de documentación que sorprende por su madurez y perfeccionamiento y que demuestra la ingente labor que entre bastidores debe llevar a cabo todo aquel que desea contar una historia. El interior del bosque es una novela calidoscópica que, aunque relatada desde la omnisciencia de un narrador, no se priva de ponerle voz y sobre todo sentimiento a los personajes que arrastra el flujo argumental y a los que concede la dádiva de una pequeña parcela de protagonismo que resulta imprescindible.

Quizá, cuando uno lee a Eugenio Fuentes, le sobrecoge la idea de que el hombre es un animal inocente y de que su culpabilidad no es tal; sólo la consecuencia lógica que sucede al prostituir su naturaleza animal por otra más compleja y paradójicamente absurda. Su naturaleza humana.

viernes, 19 de marzo de 2010

DESNUDANDO AL HOMBRE HASTA DE SU PROPIA PIEL (Sembrado hogueras, David González, bartleby Editores, Madrid, 2001)


La idea era en realidad escribir sobre otra cosa. Sobre Pérez-Reverte y su libro La sombra del águila. Pero ya se sabe lo que pasa con los libros que uno lee por compromiso. No son lecturas que eliges. Tampoco son libros que deciden aparecer en tu vida como si tal cosa, como si llevaran tiempo buscando el momento de tropezarse contigo y zancadillearte la existencia. Las lecturas que uno hace por compromiso las lee sin más, buscando únicamente satisfacer el deseo y la expectativa de quien te las ha presentado. La sombra del águila me lo regaló alguien que ni siquiera me conoce, ya que de hacerlo sabría perfectamente que a mí nunca se me puede regalar un libro. Pero el caso es que me lo leí la otra tarde, mientras regresaba en tren de un viaje por el sur. Lo leí bajo una descomunal resaca y cuando llegué a la última página cerré el libro y miré el reloj. Faltaba menos de media hora para llegar a Atocha. En seguida me di cuenta de que eso sería únicamente lo que en una reseña podría decir de él. De manera que no perderé más tiempo.

Mientras hacía esto —leer a Pérez-Reverte, me refiero— tenía en la mochila de viaje otro librillo. De poemas. De David González. Sembrando hogueras, se llama.

No soy muy ducho en el manejo de las nuevas tecnologías. La informática es un mundo que se escapa por completo a mi paciencia. Con la red pasa tres cuartos de lo mismo. El correo, algo de pornografía, algún que otro blogs y poco más. Sin embargo, recientemente he descubierto el mundo de las librerías digitales. Un extraordinario y peligroso espacio donde es fácil conseguir todo tipo de libros que en las librerías tradicionales resulta complicado si no imposible. Iberlibro, por ejemplo. Tecleas lo que persigues en el buscador y en cuestión de segundos aparece en la pantalla una relación de títulos y librerías. Luego, cuando haces la selección, rellenas los datos personales y bancarios y en una semana tienes el pedido asomando por la ranura de tu buzón. Algo extraordinario, como decía, pero también peligroso. Parafraseando a Chandler, este asunto está consiguiendo que mi cuenta bancaria bese el suelo sin necesidad de agacharse.

Una de mis adquisiciones más recientes ha sido precisamente Sembrando hogueras.

A David González lo sigo desde hace bastante tiempo. Es un buen escritor, gran poeta y relatista. Pero como suele suceder con los buenos escritores, los de verdad, sus libros no sirven de reclamo en las librerías más corrientes. Hacerse con ellos es complicado. De una tacada compré cuatro el otro día, como te decía. Tres de ellos ya me los había leído, sacados de bibliotecas públicas. El cuarto, Sembrando, no ha hecho más que confirmar lo que has leído al principio de este párrafo.

Si David González es un buen escritor es porque sabe hacer las cosas con una elegante sencillez, logrando con ello desnudar al hombre hasta de su propia piel. Sus poemas no son las típicas ensoñaciones visionarias que tanto gustan a los que quieren confundir y optan para ello por la poesía. Sus poemas son excursiones por la vida. Un paseo cuyo recorrido lo marcan atracciones aparentemente tan poco atractivas como una vieja carbonería, la cárcel o una covacha que hace las veces de hogar y cuyas ventanas dan a un callejón sin salida. No se olvida tampoco de los ecuménicos temas de siempre. El amor, el sufrimiento, la soledad. La muerte, en último término. Pero el método que emplea no se recrea en ambages ni exuberancias líricas. Cuenta las cosas tal cual son. Porque así, tal como unos ojos corrientes pueden observarlas, son lo suficientemente bellas y dramáticas como para no tergiversarlas con palabras ni artificios de más.

En todo caso, este falso realismo es más verosimilitud que otra cosa. Muchas de sus composiciones las cierran versos que abren una puerta al vacío por donde el lector cae sin otra posibilidad que volver a retomar el poema desde el principio. Y lo maravilloso de todo es que cuando lo hace y llega al final, la historia se repite; deslizándose en una pátina de sensaciones confusas y envolventes llenas de interrogantes. Porque esa es la esencia: preguntas que no tienen respuesta o que la respuesta es esa misma pregunta. Sus poemas no son realistas. Son verosímiles.

No me resulta cómodo hablar de escuelas o tendencias o generaciones. Pero lo cierto es que a David González fácilmente se le puede inscribir en la órbita de otros autores españoles que practican un tipo de poesía nueva. Empleando las palabras de Isla Correyero, un tipo de poesía radical, marginal y heterodoxa. Marbete en el que caben firmas como Miriam Reyes, Jesús Llorente, Antonio Orihuela, Eladio Orta, Violeta C. Rangel (algún día hablaremos de ella…) o la propia Correyero. Un tipo de poesía que rejuvenece el “patio de universidad” en el que se ha convertido —si no lo era ya antes— un país tradicionalmente dado a los versos.

Sembrando hogueras se inicia con un verso suelto: la única manera de escribir un poema es formar parte del poema. En realidad todos sus poemas se inician con citas, ajenas normalmente, que el autor explica de ese modo: versos sueltos. Algunos cierto es que dejan indiferentes. Pero otros en cambio te acuchillan hasta las cejas, dejándote perplejo y prevenido para lo que viene y que rara vez decepciona. Como este de Douglas Coupland: comprendo que no soy una persona feliz y que a lo mejor nunca lo seré, que introduce el poema La sabiduría del esclavo y que aquí reproduzco como final a la reseña:


LA SABIDURÍA DEL ESCLAVO

se necesitan muy pocas cosas para ser feliz.
eres guapo, joven, alto, inteligente,
tienes salud,
un trabajo estable,
coche…
lo tienes todo para ser feliz, sin embargo,
añadía mi madre, no lo eres.

(además,
nunca me faltaba dinero para comprar
libros, discos, sellos, ropa, drogas, cintas de vídeo,
en fin, cualquier capricho que se me antojase).

no lo eres, no eres feliz, repetía mi madre.
¿por qué?, me preguntaba, ¿por qué?

y ahora,

que voy a pie a todos los sitios,
que carezco de medios para ganarme la vida,
que la salud ya no forma parte de los brindis,

ahora, digo, es suficiente

conque no me falte el tabaco,
con tener la cena a tiempo,
con oír la voz de mi madre, o de mi padre,
a través del teléfono.

suficiente

con sentir los pasos de mi novia
subiendo por la escalera cuando regresa,
a altas horas de la madrugada,
de su trabajo en el bar.

me conformo

conque algunas tardes, no todas,
por la única ventana de mi casa,
entre

el sol.

sábado, 27 de febrero de 2010

EL ANIMAL HERIDO (Afuera canta un mirlo, Roger Wolfe, editorial Huacanamo, Barcelona, 2009)


Corría la primavera de 2001. Era un día soleado –hasta caluroso– de finales del mes de abril…

Por esas fechas, coincidiendo con el aniversario de mi nacimiento, siempre he tenido por costumbre bajar a la ciudad y regalarme, en alguno de los puestos de la tradicional feria del libro que desde hace décadas ocupa una de las calles céntricas de mi ciudad natal, alguno de los ejemplares que en mi paseo habitual me llamaran la atención. Aquel año me decidí por una pequeña antología que había editado Cátedra apenas un año antes: Poesía española reciente (1980-2000). Un buen libro, después de todo. Me sirvió para poner cierto orden en lo que hasta ese momento era una formación literaria diletante y arbitraria. Descubrí a los nuevos bardos de la poesía en mi lengua vernácula. Descubrí a Abelardo Linares, Blanca Andreu, Juan Manuel Bonet, Luis García Montero, Vicente Gallego, Felipe Benítez Reyes, etc… Un buen libro, ya lo dije. La selección de los poemas iba precedida por una pequeña biografía donde el editor explicaba la naturaleza poética de cada uno de los autores: influencias, temáticas, tipo de estrofa y de verso, tradición, escuela…; una reducida exégesis que a modo de pródromo invitaba a una lectura racional del poeta en cuestión.

De todos ellos, sin embargo, hubo uno que me llamó especialmente la atención. En principio por el nombre, Roger (Wolfe, su apellido); antítesis del castizo nombre castellano con el que normalmente son bautizados los hijos de mi país. Primero pensé en una errata, luego me aventuré en la lectura y comprendí que el tal Wolfe era un inglés de nacimiento que escribía en castellano desde que a los pocos años de nacer arribó a España para quedarse en ella de una manera prolongada.

Mi primera sensación fue parecida al recelo, o a una rabia contenida. Sus poemas me gustaban. Sus poemas me gustaban mucho. Eran frescos, directos, fáciles de leer, diáfanos. Decía lo que decía de un modo traslúcido, minimalista, falsamente espontáneo. Yo por entonces practicaba la lectura de un tipo de poesía diferente, más umbrosa, muy estimulada por el clasicismo decimonónico francés. Pero lo peor que llevaba era que el tipo fuera inglés. Un prejuicio seudopatriótico que me impelía hacia una cierta terquedad. Pero después de todo soy un tipo fácil, al menos en un sentido artístico, y cuando algo me gusta, me gusta hasta las entrañas y me dejo llevar como una adolescente enamorada. Que fue lo que pasó entonces.

Sin yo a penas darme cuenta, Wolfe se convirtió en uno de los autores a los que más recurría. Pronto descubrí que no sólo se trataba de un poeta. Era, en realidad, lo que él llamaba, un escritor total. Practicaba la novela, el relato, el artículo periodístico, el ensayo-ficción (género inventado por él), el diario. En dos años devoré su obra (tarde tanto por lo difícil que era localizar sus libros en bibliotecas y librerías). Y no sólo eso. También Wolfe se convirtió en mi particular Virgilio a la hora de adentrarme en un tipo de literatura que hasta ese momento desconocía: Carver, Saroyan, Bukowski, Chandler, Maugham, Cioran…, así como autores españoles totalmente desconocidos para mí, como David González, Iribarren o Andreu Martín por nombrar alguno de ellos.

Han pasado nueve años desde entonces. Desde que aquel día leí por primera vez un poema de Wolfe, concretamente Música de recámara, de su poemario Hablando de pintura con un ciego. Nueve años en los que su sombra se ha erguido siempre, dando cobijo a las no pocas horas que he pasado imbuido en su lectura o en la lectura de alguno de los autores que a bien tuvo presentarme. Nueve años en los que los lectores habituales del autor no hemos podido disfrutar de material fresco. Hasta ahora, cuando en enero del presente año salió a la venta su nuevo poemario, Afuera canta un mirlo.

El arte es el reflejo más exacto de la vida y del tiempo que le ha tocado vivir a un hombre. Ahora, en Afuera, Wolfe es un hombre maduro, taciturno como ha sido siempre aunque más contemplativo, si cabe. Un hombre que pasa las horas preguntándose/por el sentido de las cosas, deleitándose a pesar de todo con la belleza marchita de un mundo que se acaba, empleando para ello las estrategias del arte, del ejercicio estrictamente solitario de la escritura y su proceso, y en la que tan sólo un huevo –por ejemplo–/chisporroteando/en una sartén llena de aceite constituye un motivo que sublima la esencia de la más absurda e incomprensible existencia, la nuestra.

Hay en Afuera algo que no se encuentra en el resto de su obra. Y es precisamente esa madurez. Mientras que en Días perdidos en los transportes públicos o en Hablando de pintura con un ciego, uno podía encontrar versos como lanzados por una cerbatana al corazón del hombre. Lo que ahora se descubren son versos taimados, que invitan a una lectura sumamente lenta y reflexiva, donde el resentimiento ha dejado paso a una abnegación que ilumina pero que por eso mismo hiere con la misma fiereza de un animal herido. El hombre que escribe estos versos hace tiempo que perdió la última batalla en una guerra que a todos nos atañe, la de la vida. Por ello, cualquier motivo, por insignificante que éste sea o precisamente cuanto más insignificante sea, sirve metódicamente para expresar la duda, el desconcierto, la sinrazón.

Siempre he creído firmemente que la poesía es un mal necesario. Mal, porque nos desnuda en un mundo poblado de lobos. Necesario, porque nos redime como humanos. Wolfe lo sabe y lo practica, haciendo gala de un lirismo que destroza los arquetipos de la poesía.

Y para muestra, un poema:

TREGUA

Las tres
de la mañana.
El mundo
está en suspenso.
El día y sus asuntos
son un periódico de ayer.
No existen los teléfonos
ni el cáncer
ni el recibo de la luz.
Sólo un poso de café
en el fondo de una taza.
La ceniza de un cigarro
en el platillo.
Y este jirón
de humo adormilado
que flota un momento
y se disipa
en el aire de la habitación.

sábado, 13 de febrero de 2010

TODOS QUEREMOS SER MARLOWE (Todo Marlowe, Raymond Chandler, RBA Libros, Barcelona, 2009)


A menudo, se tiene a la novela negra como uno más de los géneros menores de la literatura. Si bien, esto está cambiando en los últimos tiempos, pues cada vez es mayor el número de publicaciones y autores que no vacilan en adentrarse en un género al que el mercado editorial da la mano como en muy contados casos. La librerías amontonan en sus estanterías colecciones enteras dedicadas al género; a bombo y platillo son anunciados estrenos que el público-lector devorará sin la menor cautela; certámenes de jugosas recompensas y dudoso criterio y credibilidad nacen auspiciados por el fervor de la moda negra; autores de variada raigambre deciden adoptar sus formas, su estilo, su naturaleza…; sobreviniendo un resultado intrigante, aunque no en el sentido que ellos quisieran.

Esto, que a priori parece una bendición, es, en realidad, un arma de doble filo. Pues, huelga decir, lo necesario que es distinguir literatura de la mercantilización de la palabra escrita; que es, como lector aventajado que soy, lo que mucho temo que está sucediendo hoy en día.

Menos mal que de vez en cuando -todo hay que decirlo- a los gerifaltes editoriales les da por renunciar a su ilustrada ceguera y lanzar al mercado joyas como la reedición completa de la producción novelística del más grande escritor de novela negra de todos los tiempos y posiblemente uno de los más grandes escritores de NOVELA (con mayúsculas) de la literatura universal: Raymond Chandler.

Aquí la tengo, sostenida en mi regazo, la obra completa. Más de 1.300 páginas de gloria encuadernada con la que mi muy amada madre me sorprendió hace unas semanas al llegar a su casa. Nada celebrábamos, sólo: “lo vi y pensé que te gustaría tenerlo”. Creo que nunca antes había besado tanto a mi madre. Qué Dios la bendiga. Por el presente y por haberme permitido rememorar sensaciones de hace ya algún tiempo y que creía enterradas para siempre en el pasado. Releer a Chandler ha sido como regresar sobre mí y sobre una vida en la que fui feliz después de todo. Valladolid, las frías tardes del invierno con la cencellada acechando tras los cristales, el soniquete del calefactor en un salón silencioso y Chandler, siempre Chandler. En fin, creo que me estoy poniendo melindroso…

No voy a hacerle justicia a Raymond; porque sencillamente me sería imposible. Cuando alguien consigue tocarte la fibra, erizarte hasta el último pelo de tu cuerpo por el simple arte de contar bien las cosas, resulta extremadamente difícil guardar la compostura y escribir con objetividad. Pero como tampoco lo pretendo, no veo tal problema.

Chandler es la fuente prístina de la que bebe todo escritor que decide probar suerte en el género. En consecuencia, es fácil hacerse a la idea del ingente alcance que su obra ha tenido. Algo así como el coma en los cometas, que diluye en el espacio una infinidad de partículas de una belleza marchita mientras el astro continúa su particular peregrinaje por la galaxia, indiferente al inexorable paso del tiempo.

Chandler empezó tarde a escribir, en torno a los 40. Si a esto le añadimos que era sumamente detallista y cuidadoso de cada palabra que empleaba, es fácil entender que su ritmo de producción fuese extremadamente lento. El resultado, tras cerca de treinta años de profesión, fueron siete novelas y un puñado de relatos cortos que, aunque exiguos, sirvieron sobradamente para sentar cátedra en la historia de las letras universales. Y eso, a pesar del ignominioso silencio con el que ha sido tratado por la cúpula del Parnaso. Quién si no fue capaz de dominar (y enseñar) el simple arte de la palabra escrita, el talento de contar las cosas empleando para ello una belleza ocurrente y enemiga del manierismo habitual. Quién, si no él, inmortalizó la esencia de un mundo que ya no existe, y la naturaleza de una condición humana que, ésta sí, perdura más allá del tiempo, de la vida y del mundo que le tocó vivir. Su escritura es una introspección en la psicología de la mente humana, analizando comportamientos, buceando en los precarios instintos que nos conforman y ofreciéndonos a pesar de todo la esperanza de redimirnos en la honestidad como humanos. Y todo urdido en una trama que engancha, pulcramente escrita, de una madurez exquisita. Y todo a base de arquetipos como sacados del Decamerón de Boccaccio; donde brilla con una luz blanquecina la figura del abnegado Philip Marlowe (¡maldita sea, todos queremos ser Marlowe!), alter ego del escritor y protagonista de todas sus libros y de la mayoría de sus relatos. En él, en Marlowe, encontró Chandler su particular singladura, la de un personaje al margen y en el mundo, dotado de una inteligencia solo proporcional a una sensibilidad como cauterizada por un pasado que se sospecha pero que por innecesario nunca se explica. Y todo empleando un estilo sobrio, de diálogos ingeniosos; privilegiando las construcciones yuxtapuestas y coordinadas que consiguen acelerar un ritmo implacable; haciendo gala de un dominio sin igual del símil, la ironía y el sarcasmo. Y todo…

Raymond Chandler murió en 1956, después de haber dejado para la posteridad obras como El sueño eterno, Adiós muñeca, La ventana alta, La dama del lago, La hermana pequeña, El largo adiós y Playback. Todas ellas ahora reunidas junto a dos relatos cortos (El confidente y El Lápiz) por la editorial RBA bajo el título Todo Marlowe. Y por ello les doy las gracias. A ellos y a mi madre, que sabe bien como quererme regalándome sin motivo trocitos de gloria como este.

Pero la gloria pesa. Más de kilo y medio de páginas que hace incómoda su lectura. Por eso, y si he conseguido trasmitirte lo que buscaba y la inquietud te acecha, también tienes los libros en Alianza Editorial, cada uno por separado y alguno más de ensayo y relatos que no recoge esta compilación, en edición de bolsillo y fácilmente manejables.

Disfrútalos. No te defraudarán, te lo aseguro. Y quizá tú logres hacerles la justicia que a mí me fue imposible.

lunes, 25 de enero de 2010

ENARBOLANDO DESTELLOS DE LUZ ENTRE LA TINIEBLA (La gente parece flores al fin, Charles Bukowski, Colección Visor de Poesía, Madrid, 2007)


Charles Bukowski murió a finales del invierno del año 94. Ya entonces era un escritor sobradamente reconocido en la escena literaria internacional. Su éxito, aunque tardío, se propagó con una rapidez asombrosa. Primero en Estados Unidos y finalmente en Europa, donde triunfó sin tantas cautelas como lo hizo en Norteamérica. Para entonces ya había cimentado con robustez el mito que la posteridad conoce. Bukowski empeñó toda su vida en componer su propio personaje, y de hecho lo logró con creces. Desde aquel día de primeros de marzo de 1994, y como caídas del cielo, comenzaron a llover una letanía de obras póstumas sacadas de los archivos personales del autor; previo consentimiento de su viuda y bajo la dirección del que fue su editor en vida, John Martin. De esa manera vieron la luz obras como Lo más importante es saber atravesar el fuego; Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta y esta última que nos ocupa: La gente parece flores al fin.

Uno no puede evitar la sospecha de que se traten todos ellos de poemarios que por algún motivo Bukowski descartó antes de su muerte. Uno no puede evitar la sospecha a pesar de las indicaciones que en el prólogo a la edición española de Flores hace Eduardo Iriarte, traductor habitual del escritor; y que nos orienta precisamente en la dirección contraria, lo que de por sí constituye una fundada sospecha. Cuando uno se adentra en su lectura, la idea que ha preconcebido lo acompaña durante todo el trayecto. Porque lo cierto es que La gente parece flores al fin es una obra menor entre sus producciones finales. No tanto por su fuerza expresiva (demoledora, en cualquier caso), sino por la inanidad de muchas de sus piezas y la reiteración de secuencias en las que el yo poético deambula por escenarios ya trabajados. No en vano, Bukowski se tomó las pertinentes molestias hasta dar por cerrada su producción poética con el libro Poemas de la última noche de la tierra, verdadero baluarte y emblema de la madurez creativa en un momento de su vida lo suficientemente cuerdo como para obrar con inteligencia y lo suficientemente cerca de la muerte como para tratarla de tú a tú. Lo que vino después, Flores entre ellas, son las secuelas de una obra esencial para comprender la poesía contemporánea. Y, quizá por ello mismo, esenciales ellas también.

Dicho esto, y sin mayor ánimo que el de llamar la atención del lector, reconozco abiertamente la validez de este tipo de iniciativas que pretenden desalojar del olvido obras que constituyen una referencia. La gente parece flores al fin, así como las anteriormente citadas, forman el epílogo de una de las obras poéticas más importantes de todos los tiempos. Porque Bukowski fue el primero de una estirpe de poetas que se ha prorrogado hasta nuestros días, atravesando fronteras e idiomas, edades y sexos. Fue el primero en sacar a la poesía de la torre de marfil en la que se hallaba y obligarla a caminar por senderos olvidados, oscuros caminos donde la vida y la muerte se yerguen como realidades indiferenciables. Bukowski hizo de la poesía el medio privilegiado de un bello sufrimiento, empleando un lenguaje dócil de una desnudez corrosiva. Consiguió alcanzar esa verdad reveladora a la que todo bardo aspira utilizando para ello un discurso prosaico y desprovisto de pompa lírica; razón por la cual su poesía se torna diáfana y accesible al público, razón por la cual aún cuenta con el recelo del purismo demagógico y partidista de los que no saben diferenciar la poesía bien hecha de un tratado de filosofía del lenguaje.

Y a pesar de los pesares, La gente parece flores al fin simboliza este dietario, enarbolando destellos de luz entre la tiniebla con títulos como Guerra y paz; Adiós, amor mío; No puedes pasar a la fuerza por el ojo de una aguja; El ataúd de la creación o este otro que aquí me permito reproducir íntegramente como colofón a la reseña:


ESPECIAL, 1990

Rendido por los años,
hastiado hasta los huesos,
bailando en la oscuridad con la
oscuridad,
el Chico Suicida
encanecido.

¡ah, los fugaces veranos
pasados y desaparecidos
para siempre!

¿es la muerte
lo que me sigue los pasos
ahora?

no, no es más que mi gato,
esta
vez

lunes, 11 de enero de 2010

Y EL HOMBRE CREÓ A DIOS (Caín, José Saramago, editorial Alfaguara, Madrid, 2009)


La primera vez que leí a Saramago fue en el invierno de 2002. Desde entonces, y como si de una costumbre pautada se tratase, siempre regreso a él cada fin de año, en forma de presente navideño que mis seres queridos o mismamente yo tenemos a bien regalarnos. Y eso a pesar de desarrollar un prejuicio prístino hacia su obra, justificada (si es que esto puede servir de justificación) por el hecho de que en 1998 el autor portugués recibió el Nobel de literatura.

Pero es gratificante sobreponerse a las propias manías, ahuyentar esos miedos que merman nuestra capacidad crítica no ya para con el mundo sino para con nosotros mismos. Que fue lo que hice cuando, en cuestión de una semana, pulí literaria y literalmente gran parte de lo que hasta esa fecha constituía su obra. Hubo algo en ella que me enganchó. Entonces no supe lo que era; quizá porque aún era demasiado joven y porque no buscaba tales respuestas, tan solo leer, de un modo terco, diletante y obsesivo. A día de hoy, puedo decir sin excesivo miedo a equivocarme que el por qué aparece claro como el medio día.

Saramago es, para decirlo y que se me entienda, un trovador de cuentos; un rapsoda ensayista que disfraza la pena y la esperanza en una proporción exacta bajo un discurso equívocamente elitista. Cuando uno se adentra en alguno de sus libros, una sensación de árida espesura le sobrecoge al poco tiempo. Algo así como la desconfianza lógica ante un océano de palabras pausadas, ante un ritmo repetitivo que parece retornar siempre en un bucle sempiterno, ante un vals de profusas notas que sólo llega a saciarse a sí mismo. Parte de la dificultad estriba en el hecho de la linealidad de su discurso, carente de diálogos al uso, de un narrador al que el adjetivo omnisciente se le queda pequeño y de un frecuente gusto por las disertaciones moralísticas. Pero cuando se consigue salvar ese inicial escollo, parece como si los ojos se hicieran a la horma de sus palabras, y la lectura comienza a fluir a una velocidad que no impide la emoción del deleite. Porque Saramago es, sin la menor duda, un estilista; arquitecto de un lenguaje exquisito como sacado de otra época. Caín constituye prueba fehaciente de todo ello.

Yo no he leído Los versos satánicos de Salman Rushdie, tampoco tengo su lectura programada, pero intuyo que entre ambas obras existe una vinculación no ya por argumentos cuyo parecido, ya digo, desconozco sino por la trascendencia política que una y otra han tenido. A Rushdie sus Versos Satánicos le valieron la fetua islámica que prácticamente le condenaba a ser enterrado en vida bajo una protección policial sistemática las veinticuatro horas del día. La cosa parece que no ha llegado tan lejos en el caso de Saramago, aunque no por ello han faltado voces, todas ellas pertenecientes a los sectores más integristas del catolicismo, que se han alzado como bestias enfurecidas denunciando la supuesta herejía. Y todo por un argumento que deconstruye la identidad de un personaje bíblico, Caín, y lo convierte en el privilegiado observador de los desmanes y abusos cometidos por un Dios como sacado de una oficina de la Gestapo. Con el relato de los episodios bíblicos en el fondo de la historia, Saramago describe la injusta violencia que ha cimentado la historia del Judaísmo y, por añadidura, de la base de la cual proviene este Catolicismo que nos arropa culturalmente queramos o no.

Cuando uno lee Caín tiene la sensación de que lo que ha hecho el autor ha sido sobreponerse a su propia identidad católica y llevar a cabo un ejercicio de crítica contemplación desde una perspectiva libre de los prejuicios inculcados desde la infancia. Y el caso es que lo consigue, logrando con ello que el lector recorra el mismo viaje, descubriendo con ingenuidad la arrogante injusticia de un fundamento religioso estrictamente eso, fundamentalista. Cosas que todo aquel que ha recibido una educación cristiano-católica considera sin más, presuponiendo sin crítica, se muestran tal cual nos fueron narradas pero esta vez bajo la impronta de un pluma veraz, dulcemente corrosiva e iluminada. Cuando uno lee Caín no puede evitar la sensación de cuestionarse a sí mismo: pero cómo no me he dado cuenta de esto antes, por qué no he sido capaz de ver de verdad.

Ya digo: Saramago construye el relato partiendo de una ingenuidad que desenmascara. Y sólo por eso merece la pena ser leído. Porque Caín, como toda elegante patada en el culo de la autoridad religiosa, merece una oportunidad, aunque esta provenga de un premio Nobel.

domingo, 10 de enero de 2010