domingo, 30 de enero de 2011

LA FIEL MUSA SUMISA (Señora de rojo sobre fondo gris, Miguel Delibes, Ediciones Destino, Barcelona, 1991)


Recuerdo que cuando vivía en Valladolid tenía por costumbre, sobre todo los días fríos del invierno, caminar el tramo que separa el barrio de la Pilarica, donde entonces vivía, y la entrada del Campo Grande, junto a la vieja estación de ferrocarriles. No recuerdo el nombre de la calle. No tenía nada de especial, igual de insulsa e impersonal que el resto de calles de esa ciudad; pero el caso es que me gustaba aquel paseo. Recorrerlo bajo la terrible cencellada invernal que acuchillaba los huesos con la terquedad de un homicida, era, hasta cierto punto, catártico. Solía servirme para aclarar las ideas y despejar alguna de las muchas incógnitas que entonces cargaba a cuestas. Algunas veces, las menos, solía adentrarme en el Campo Grande y perderme entre sus laberínticas calles. Me gustaba ver a los pavos reales lucir la macedonia de colores de sus colas frente a las apáticas hembras y, sobre todo, disfrutaba dando de comer migajas de pan a las ardillas que bajaban de los castaños de indias y se subían en mi hombro.

Una mañana de esas, mientras las ardillas correteaban por mi brazo y los niños se quedaban perplejos delante de mí, un anciano se detuvo a mi lado. Enseguida acudieron también los padres de aquellos chicos.

—Mirad, es Miguel Delibes —decían a sus hijos. Pero a ellos les daba igual quien fuera aquel anciano. Era mucho más interesante observar lo insólito de aquellas confiadas criaturas subidas a mis hombros.

El viejo agradeció la falta de interés y, tras despachar con un apretón de manos a los curiosos padres, continuó el paseo apoyado en su bastón.

Por entonces yo no conocía nada de su obra (sigo sin hacerlo), si exceptuamos las típicas lecturas que me hicieron leer en el colegio. El camino y Cinco horas con Mario, creo recordar. No era un autor que me interesase, principalmente porque consideraba que no tenía gran cosa que decirme; que lo que escribía, sobre todo el modo en que lo hacía, no coincidía con mi particular visión del universo literario. Por suerte, los buenos lectores (y yo me tengo entre ellos) son aquellos que luchan contra los prejuicios que, sin saber muy bien cómo, se instalan en sus cabeza y les limitan la posibilidad de adentrarse, precisamente, en el vasto y sorprendente universo de la literatura.

De modo que, cuando me recomendaron la lectura de Señora de rojo sobre fondo gris, me resistí al inicial rechazo y le hinqué el diente. Cuando cerré el libro, después de terminar la última página, lloré como nunca antes lo había hecho con un libro.

A modo de falsa epístola, el escritor, camuflado en la piel de un pintor de prestigio, relata a su hija, presa política en los estertores del Franquismo, los últimos años de la vida de quien fue su madre.

Haciendo gala de una ternura insólita, Delibes fantasea con el episodio que marcó un límite en su vida y, por extensión, en su carrera literaria. Después de la muerte de su esposa, el escritor arrastró durante años la yerta condena de quien no encuentra sentido a las palabras que escribe, como si el numen se hubiera desecho en una efervescencia imprevista, quizá porque sabía que la actividad creadora es imposible si alguien no te empuja por detrás, no te lleva de la mano. Señora de rojo fue escrita con la perspectiva y la calma que otorgan los años, cerca de dos décadas después del fallecimiento de Ángeles, cuando la herida, visible siempre, ya había cicatrizado. Esa templanza se refleja en un estilo amable y cómodo, con especial predilección por las construcciones sencillas, la coordinación sintáctica y la concisa pulcritud del aforismo. En ese sentido, Delibes es una isla en mitad de un océano (el de la narrativa española) demasiado dado al despliegue manierista, barroco e infumable; donde lo prestigioso es el alarde gratuito y la devoción por el ambage una veleidad casi sectaria.

Pero, además, Señora de rojo sobre fondo gris es un relato de lo cotidiano. Y en ese sentido encierra algunos logros más allá de la emoción del relato en sí.

Tal vez sin pretenderlo, Delibes sumerge al lector en lo que fue —y ha dejado de ser— esa unidad básica de organización social a la que llamamos familia. Cambios que precisamente comenzaron a forjarse tras la muerte del régimen y que ahora, me atrevería a decir, siguen en proceso de adaptación. Señora de rojo es, también, la descripción de un ideario obsoleto de mujer: la fiel musa sumisa que permitía al hombre —artista y no— llegar a ser lo que era. Un ideario de mujer que comenzó a cambiar con la Transición y del que probablemente reniegue la mujer de hoy.

Tal vez sin pretenderlo o, quizá, sí. El caso es que Miguel Delibes no necesitó morirse para que el público reconociera en él a uno de los más grandes narradores castellanos en el sentido toponímico del término. Algunos, como yo, todavía no estamos en condiciones de opinar más allá del atrevimiento de estas palabras.

Sigamos, pues, combatiéndonos los prejuicios.

sábado, 22 de enero de 2011

DOS MITADES DE UNA MISMA COSA (Cara o cruz, Itziar Mínguez Arnáiz, editorial Huacanamo, Barcelona, 2009)


Ella metía los libros en la cajas de embalaje mientras yo limpiaba de polvo las estanterías de aquella casa que dejaba de ser nuestra. Ese pequeño zulo que tantos días nos dio cobijo en el viejo edificio abuhardillado de la calle Juan de Leyva.

Es lo que tiene el amor. Que, como todo, acaba gastándose.

Recuerdo que se levantó del suelo y fue hasta el baño. Escuché que se encerraba y luego el hipido amortiguado de sus gemidos. Fui hasta la puerta y le pedí, por favor, que abriera. Cuando lo hizo, nos fundimos en uno de esos abrazos que aún vestían misteriosamente nuestra misma talla. Y juntos rompimos a llorar, como dos críos a quien se les ha muerto a la vez la infancia…

Ha pasado mucho de aquello, tanto que no me atrevo a contar los años. Pero hoy, ojeando uno de esos libros que a veces se compra sin saber muy bien si se ha acertado, me he retrotraído a aquella época, a aquel instante tan pretérito que ya no logro vislumbrar si fue perfecto o imperfecto.

Cara o cruz es el titulo; e Itziar Mínguez Arnáiz, su autora.

Habré tardado unos cuarenta y cinco minutos en terminarlo. De un tirón, pero sin prisa. Releyendo los poemas, deteniéndome a pensar, a reflexionarlos, a paladearlos como ya he repetido otras veces que siempre ha de hacerse con la poesía.

Dada la obviedad del título, no podía ser de otra manera: Cara o cruz se presenta ante el lector en forma de díptico. Dos mitades de una misma cosa. Una realidad partida en dos, sangrante como una herida que no terminara de cicatrizar. Dos episodios de eso que es lo único atemporal que junto al odio existe y que, sin embargo, seguimos sin comprender. La experiencia finita y milagrosa del amor que cuando acaba, duele, mata y embalsama.

Cara o cruz es un libro agradecido desde la primera página hasta la última. Cómodo en un discurso legible y huidizo de toda perorata. Los poemas se distribuyen en un orden casi estrictamente temporal, sosteniendo un lenguaje narrativo que combina con precisión lirismo sutil y sencillez expresiva. Es un libro que, aun siendo diminuto, no agota. Es un libro que da sed. Y que alguien que haya sentido mínimamente el dolor y la misericordia de amar, hará suyo.

Aquí dejo dos muestras. El primero es un fragmento de Rutinas, único poema que se incluye en Cara, una de las mitades del díptico. Fotos pertenece a Cruz, la segunda de las mitades.

Tú elijes con cuál te quedas…



RUTINAS

…Inclemencia es una palabra
que parece haber nacido para ir siempre unida a tiempo.
Una palabra que no tiene sentido
cuando no acompaña a la palabra tiempo.
Como te pasa a ti que eres nadie cuando ella no está,
que no te sostienes aunque existas,
aunque no se pueda poner en entredicho tu ser,
tu pesar en la vida…


FOTOS

Ninguno de los dos quiere llevarse
los álbumes
ni los Cd-roms

Será que nos sobra memoria
o que tememos haber olvidado.

sábado, 18 de diciembre de 2010

GREGOR SAMSA ERES TÚ (La metamorfosis, Franz Kafka, Biblioteca Nueva, Madrid, 2000)


Hace unas semanas, un profesor del colegio donde pasé la mayor parte de mi vida escolar me pidió que participara en el taller de literatura que estaba creando. Se trataba de una iniciativa bastante interesante que pretendía fomentar el interés por los libros y la literatura entre alumnos, padres y profesores. La propuesta me sedujo de manera que allí me presenté, una tarde nada más llegar del colegio donde actualmente imparto clases de Historia.

La reunión era en el salón de actos. Había tráfico, así que llegué unos minutos después de la hora señalada. El grupo estaba sentado formando un círculo en medio de la enorme sala. Saludé a los presentes. Había muchas caras conocidas, la mayoría antiguos profesores que más tarde fueron compañeros durante el año que allí estuve trabajando. También había otras personas que no conocía, mujeres todas ellas y madres de alumnos seguramente. El grupo lo constituíamos una docena de personas.

Juancho, que es así como se llama el profesor que me invitó, comenzó a hablar. Se le ocurrió que lo mejor sería que nos presentáramos al resto del grupo y que después acordáramos la lectura con que inaugurar el taller. Tras discutir la fecha y la hora del próximo encuentro, escogimos la obra. La metamorfosis, de Franz Kafka, fue la elegida. No pude resistirme y, cuando proponíamos moderador para dicho encuentro, levanté la mano y me presenté voluntario. A los demás asistentes les pareció bien y el asunto no se prolongó mucho más. Lo que teníamos que hacer era hincarle el diente y al cabo de un mes volver a reunirnos para poner en común las impresiones que nos había suscitado. Sin más, dimos por concluido el encuentro.

Debía de tener dieciséis años la primera vez que leí La metamorfosis. De hecho, fue de los primeros libros que adquirí y que hoy ocupa un lugar prominente en la extensa biblioteca que atesoro. Desplegué la primera página y esto fue lo que encontré: una mañana, al despertar de una noche llena de sueños intranquilos, Gregor Samsa se encontró en su cama, convertido en un bicho monstruoso.

Paradójicamente, hablar de este libro no me resulta tarea fácil. Es como hablar de mi mismo ¿Por dónde empezar? ¿Cuál es el principio? ¿Qué debo decir que tal vez no se haya dicho todavía? Complicado, muy complicado.

Cuando un libro es capaz de desmontarte la concepción el mundo y de tu propia identidad en tan solo sesenta páginas, uno tiene bastante con saber cerrar la boca y reponerse del impacto visual. Eso fue precisamente lo que sucedió la noche en que Gregor Samsa se presentó ante mí para hablarme de mi mismo. Ese libro me violó la adolescencia y me preñó de algo a lo que todavía no sé poner nombre y para lo que aún busco respuestas. La metamorfosis significó el comienzo de aquello que soy sin saber muy bien lo que eso significa.

Sigamos, pues, por los más obvio.

Franz Kafka escribió La metamorfosis entre los meses de noviembre y diciembre de 1912. Sin embargo, no sería publicado por vez primera hasta tres años más tarde, en 1915. Gracias al rico legado epistolar que dejó el autor, pueden conocerse las angustiosas circunstancias del proceso de creación en que la obra fue concebida. Kafka reconoce en una de sus cartas que la idea de escribir el relato le sobrevino después de un turbulento sueño (de este hecho da buena cuenta el comienzo del libro). El proceso de gestación fue lento, interrumpido constantemente por tráfagos y obligaciones que le impedían centrarse en la necesidad de dar forma a la narración, restándose a sí mismo horas de sueño y obligándose a permanecer despierto y al borde del delirio. Porque precisamente eso es La metamorfosis. Un relato al borde del delirio, a medio camino entre la pesadilla y lo real, una mixtura donde convergen y se confunde biografía y fábula. Sesenta páginas que de ningún modo pueden leerse fácilmente. El autor lo diseñó para que su lectura resultase incómoda, pesada y angustiosa. Para que los ojos del lector atravesaran el desierto de una noche fuera del tiempo.

Kafka era un checo que escribía en alemán, un judío atenazado por los pogromos de principios del siglo XX, un hijo cuyo padre atormentó y menospreció con la exigencia de un torturador, un joven tuberculoso y desvalido. Pero por encima de todo, Franz Kafka fue un hombre sin un lugar en el mundo que le tocó vivir, al margen de lo permitido y sin una identidad tras la que protegerse y pedir auxilio. Kafka vivió a la intemperie de una época que le destrozó hasta matarle. Pero antes de ello, volcó todas sus fobias en un manuscrito que por extremo ha superado con creces el tribunal del tiempo, para convertirse en una obra universal cuyo significado se antoja comprensible hoy, como si hoy mismo hubiese sido escrita.

Gregor Samsa eres tú, que lees estas páginas. Gregor Samsa soy yo, que aquí me despido.

martes, 31 de agosto de 2010

UNA HISTORIA DE VIDA (las aventuras de Wesley Jackson, William Saroyan, Acantilado, Barcelona, 2006)


No puedo dejar de imaginarme la cara estupefacta del oficial del ejército de los Estados Unidos cuando terminó de leer lo que previa y teóricamente había sido un encargo para suavizar la imagen del propio ejército durante la Segunda Guerra Mundial. El escritor elegido fue William Saroyan. El resultado, Las aventuras de Wesley Jackson, un tratado antibelicista de profuso resuello anarquista.

La cara, como digo, debió de parecerse bastante a un poema. A uno de Lovecraft, en concreto.

Si lo que querían era propaganda al más puro estilo Goebbelsiano, metieron la pata a la altura del corvejón. Se la colaron por donde más dolía y para colmo con éxito editorial de por medio. El libro gustó, aunque no precisamente a quien debía y en el modo en que debía gustar.

Anécdotas aparte, de poco sirve que un libro lance una cruzada contra la guerra puesto que ya sabemos todos lo que supusieron aquellos primeros años de la década de los 40, lo que significaron, el poso que dejaron y la manera que tuvieron de perfilar los nuevos modos de enfrentarse a la Historia, al pensamiento y a la vida en general. De poco sirve. Incluso me atrevería a decir que la intención de Saroyan no era abanderar ninguna causa perdida. Lo que hizo, lo que la cabeza y el corazón le pidieron que hiciera, no fue escribir sobre algo que le aterrorizaba y que era la guerra, sino redactar un precioso manifiesto que recogiese las pequeñas y grandes miserias y alegrías que hacen de un hombre precisamente eso, un hombre. Saroyan se sobrepuso al disgusto que debió suponerle el encargo de adecentar un oficio tan miserable como el de la guerra, se aferró a sus principios pertrechándose del valor suficiente como para decirle al mundo entero lo que sentía ante tales acontecimientos y, finalmente, redactó una bella historia de camaradería, amor y libertad.

Si lo que el lector busca es una novela ambientada en la guerra, se equivoca de plano en la elección. De hecho las pocas secuencias de tímido belicismo se reservan al final del libro y apenas llegan a ocupar un par de páginas. Lo que está contando Saroyan es una historia de vida, desde el reclutamiento de un muchacho de apenas diecinueve años en un campamento de instrucción militar hasta el día de su regreso de la contienda, pasando por toda suerte de incidentes más o menos afortunados que van enseñándole lo que en verdad significa todo el tinglado de la vida. Para ello, Saroyan logra crear un ambiente más que propicio pues no es difícil advertir la evolución del protagonista, cómo cambia su percepción del mundo a medida que el tiempo y las personas pasan. En este sentido, inicialmente la novela hace gala de una ingenuidad sorprendente, muy lograda por la cantidad de diálogos interrogativos que despliega Wesley en su afán por conocer de manos de quienes él sabe que saben más. Pero de esa ingenuidad va desprendiéndose a medida que los vericuetos de la historia avanzan, dando paso lentamente a un Wesley cambiado, genuino, dueño de sus propias convicciones pero en el que no dejan de advertirse las influencias que a lo largo de su vida ha tenido: un padre alcohólico al que se niega a no redimir, la admiración de un escritor cuyas similitudes recuerdan bastante al propio Saroyan, la eterna alegría de vivir de su joven compañero Víctor Tosca, la magia verbalizada del recluta Joe Foxhall, la impotencia de un músico incapaz de tocar su trombón sin un sombrero de paja a cuestas, el deseo colmado de todo amor que al final siempre llega. Cosas varias estas, que modulan la vida de un hombre empeñado en sobrevivir a toda costa, desplegadas de acuerdo a un sencillo estilo de lo más apropiado —la esencia del más puro Saroyan— que lo convierte en un novelista indispensable para comprender la literatura norteamericana del pasado siglo.

Quizá sea que me estoy haciendo mayor, pero el caso es que las efemérides me acompañan últimamente más de lo acostumbrado. Ésta, sin ir más lejos. La que se cumple mañana, primero de septiembre. Exactamente setenta y un años después de aquel lejano uno de septiembre de 1939 en que las columnas del VI ejército alemán pusieron pie al otro lado de la frontera polaca, dando pistoletazo de salida a la mayor atrocidad de la que ha sido capaz el ser humano.

Quizá no esté de más echar un vistazo a libros como éste, ahora que parece que los tiempos vuelven a enturbiarse más allá de lo que nos permite nuestro siempre inoportuno e inapropiado olvido. Merece la pena hacerlo, de cualquier modo. Aunque sólo sea por darse el gustazo de una buena lectura.

lunes, 16 de agosto de 2010

LA ETERNA PREGUNTA (Principiantes, Raymond Carver, Anagrama, Barcelona, 2010)


Vuelo a Carver como se vuelve siempre al amor… aunque no hace mucho que hablé de él, aquí mismo, apenas unos cuantos párrafos más abajo. Pero uno no puede evitar volver donde le quieren, donde se siente a gusto y nunca defraudado. Más ahora que todo parece que se haya vuelto a complicar, y al mismo tiempo como si nada hubiera cambiado demasiado. Como si todo siguiera igual y en cambio diferente…

Anagrama sacó en mayo de este año la primera edición de Principiantes: el libro de relatos que Raymond Carver gestó allá en la segunda mitad de la década de 1970 y que finalmente salió publicado en 1981, aunque bajo otro título (De qué hablamos cuando hablamos de amor) y sesgado en prácticamente la mitad del contenido original por obra y gracia de su editor, Gordon Lish. No vamos a hacer aquí ninguna subversión apologética en contra de la labor editorial, no es mi objetivo y directamente me toca bastante los cojones los motivos que llevaron a Lish a lishiar (si me permites el juego de palabras) el original de Carver. Y no lo vamos a hacer entre otras cosas porque esto de la literatura no es más que un negocio y, como tal, está sujeto a las normas que dictamina el mercado y a las que cualquier escritor que aspire medianamente a cierta notoriedad no le queda más remedio que someterse. Desconozco los argumentos del editor, de hecho la versión que saca Anagrama y que está prologada por los responsables del buceo que rescató a Principiantes del olvido se abstiene por completo de emitir juicios de valor, lo que es de agradecer ya que el resultado de sus pesquisas, en las que de nuevo participó la viuda del escritor, Tess Gallagher, de igual modo no es otra cosa que una habilidosa maniobra del todopoderoso mercado editorial para seguir produciendo dividendos de alguien que dejó de escribir prematuramente hace ya algún tiempo.

Pero sobreponiéndonos a esta certeza y atendiendo estrictamente a lo que la palabra escrita dice por sí sola, Principiantes es una jodida obra maestra se mire por donde se mire y se juzgue del modo que uno quiera juzgarla. Una delicia en el más puro estilo Carveriano contada en un tono de inocencia demoledora.

Hace justamente seis años que leí De qué hablamos cuando hablamos de amor, en una edición sacada también por Anagrama, y me es difícil a día de hoy comprobar en qué medida el sesgo afectó al original de Carver, principalmente porque seis años dan para olvidar muchas cosas. Pero eso no es lo importante, sino la oportunidad de volver a leer esas páginas como si fueran cosecha nueva, ya que de algún modo lo son. Y cuando lo haces, cuando paseas por estas páginas, arañando la lectura de los relatos o más estrictamente arañándote ellos los ojos a cada línea, lo que sucede, lo que vuelve a suceder, es esa suerte de revelación que abrasa como el fuego que es la vida misma y de la que Carver da buena cuenta. Se trata de los mismos diecisiete relatos, obviamente ampliados y con ciertas modificaciones en los títulos (empezando por el que da nombre al libro), pero en esencia es eso, más de lo mismo: el mismo Carver, atenazado por la ansiedad y sus tribulaciones, volcado en personajes cuyas vidas son conducidas al límite de lo que ellos pueden soportar y que a pesar de todo tienen tiempo y valor de amar, borrachos a los que la vida sitúa al margen de lo estricto pero cuya cotidianidad se descubre como algo lógico e identificable, seres humanos que tienen miedo de amar y miedo de no amar lo suficiente. Que es ahí donde surge el problema: cuando no se tienen respuestas, o cuando las respuestas vienen tarde y equivocadas, a uno no le queda más remedio que lanzarse de cabeza a la realidad, y eso es lo que hace Carver con las criaturas que concibe: arrojarlas a la vida para que la vida las ahogue y también, por qué no, para que la vida las rescate.

En una asombrosa coincidencia, he tenido ocasión de compaginar la lectura de Principiantes con otra no menos acertada, una antología del poeta estadounidense William Carlos Williams, que a la sazón influiría decisivamente en la obra de Carver. Al él le debemos una de las citas más lapidarias que haya podido salir de la imaginería de un poeta: “no hay ideas sino en las cosas”, leitmotiv a la que Carver se doblegó desde un principio: que la realidad hable por sí sola, que ella sea la verdadera protagonista mientras que los personajes se convierten en su atrezo, secundarios de un actor principal que no tiene nombre pero que todos podemos reconocer, una realidad objetiva que evita a toda costa los juicios moralísticos, razón principal por la que cuando se aborda la lectura de Carver a uno le queda, como un poso amargo, el remanente de una cierta incomprensión, un ¿ya está? ¿eso es todo? Se me ocurre que la vida es eso y nada más: la eterna pregunta que pende en el aire y que nadie es capaz de cerrar su interrogante.

Y así puedo decir que vuelvo a Carver como se vuelve siempre al amor o la vida, que para el caso es lo mismo.

Eso es todo.

jueves, 1 de julio de 2010

CUANDO UNO CRUZA EL RUBICÓN (Pero sigo siendo el rey, Carlos Salem, editorial Salto de página, Madrid, 2009)


Alguien, no recuerdo quién, me habló del Bukowski. Un pequeño bareto que está en Madrid, en la angosta calle San Vicente Ferrer que une dos de las principales arterias que delimitan el barrio de Malasaña: Fuencarral y San Bernardo. Soy, no lo voy a negar, un provinciano; por eso cuando me propuse llegar hasta allí me costó dios y ayuda encontrar la dirección correcta. Era un domingo a primera hora de la noche y a pesar de tratarse de Madrid no había mucha gente por la calle. Cuando me decidí definitivamente perdido y estaba a punto de capitular, me di la vuelta y allí estaba el letrero: bar Bukowski club, punto de encuentro cultural. Lo primero que hice fue pedir una cerveza de tercio que me supo a victoria. Lo siguiente fue acomodarme en uno de los taburetes junto al extremo de la barra más próximo a la salida y deleitarme con el atrezo y la parroquia. Tampoco había mucha gente allí dentro. Tan solo unos cuantos solitarios como yo y una cuadrilla de chicas sentadas en la tarima del fondo, junto a un atril sostenido por dos piernas de maniquí y un micrófono en el lateral.

A la tercera cerveza en punto, quien me las había servido, un tipo ancho con perilla y voz grave que no paraba de fumar y estaba ataviado con un pañuelo como de pirata en la cabeza, salió de la barra y se subió a la tarima, encendió el micro y tras el pitido exhausto de un acople dijo algo así como que la jam session de relatos iba a comenzar. Dijo también algunos nombres: aquéllos que saldrían a la palestra a leer sus garabatos y luego se bajo y empezó el baile.

No recuero mucho más de aquella noche. Los tipos se sucedieron frente al atril en un intervalo que me llevó otras tres cervezas exactas. Cuando pedí la cuenta y me disponía a largarme, el tipo con aspecto de pirata salió de nuevo a la tarima, desplegó un fardo de folios y se soltó con un par de relatos breves. Tampoco recuerdo de qué iban, tan solo que me gustaron, sonaron frescos, límpidos y además recitados en el tono adecuado, como jovial, como con un cierto y a la vez falso desinterés. Cuando terminó todos aplaudieron, yo también, recogí mis cosas de la barra y me largué del Bukowski.

Unas semanas más tarde, tirado frente al televisor una noche de verano, me lo volví a encontrar. Estaba de contertulio en ese programa de casposos exégetas literarios que presenta Sánchez Dragó. Me llamó la atención su presencia, así que le presté toda la que tenía. De entre todo ellos, Carlos Salem, que es así como se llamaba el pirata, parecía el más cabal de todos ellos. Había sido invitado al programa para promocionar una novela que recientemente había publicado cuya temática podría etiquetarse de negra. Sentí curiosidad y a la mañana siguiente fui a la librería de mi amigo Pepe y me lo compré junto con otra novela que había editado un año antes. Camino de ida y Matar y guardar la ropa son sus nombres. Los devoré. Me encantaron.

Así que no me lo pensé dos veces cuando no hace mucho me enteré de que había publicado su tercera obra, Pero sigo siendo el rey, y volví donde Pepe y me hice con ella. Aquí, Salem regresa por los derroteros de la novela negra, un formato que domina y al que su narrativa larga parece abocada. Pero por suerte no se detiene en las meras formas del género: como los buenos escritores, se pertrecha de un diagnóstico para subvertirlo después; disfraza lo que tiene que decir de unas hopalandas que hacen cómoda y fluida su lectura. Pero también hay algo de mágico en ella. Algo mágico en el sentido más literario del término y que sospecho el autor ha heredado de su prístina formación (Salem es de origen argentino, y no es difícil percibir ciertos visos de realismo mágico no sólo aquí sino también en las otras dos novelas que la preceden): personajes como sacados de la chistera de un mago, situaciones de una absurdez delirante, escenarios espacio-temporales violentados, triangulaciones inesperadas entre primeras y terceras voces narrativas. Y todo ello sin perder un ritmo directo y conciso, estructurado en pequeños capítulos cuyo final siempre es una cremallera que te hilvana inevitablemente al siguiente. Salem engancha porque escribe con la ingenuidad de quien conoce la vida a fondo y no por ello deja de sorprenderse a cada instante, invitando al lector a ello, lo que le convierte en último término en un escritor generoso, porque él no desentraña las cosas, las deja allí para que uno las recoja, para que haga la lectura que más le convenga y esté preparado mientras el texto continúa salpicándose de metáforas de una intensidad reveladora.

Pero sigo siendo el rey es una novela de personajes cuyo cometido en la vida no parece ser otro en realidad que el de purgar sus castigos. El detective marloweiano Arregui, unido por la fatal casualidad al destino de otro hombre, un tal Juan Carlos, se lanza a una carrera sin tiempo ni espacio, o con el tiempo y el espacio dados literalmente la vuelta, en busca de las razones que pertrechan los miedos del pasado para enfrentarlos y quién sabe si lograr al fin derrotarlos. Necesito saber quién era para decidir quién quiero ser…, reza una de las líneas. Eso es precisamente lo que hacen sus personajes: buscar en el pasado —como si éste fuera un lugar al cual poder regresar— aquel niño que se pudo haber sido y ya no se recuerda; buscar en el pasado las raíces que arrostran la identidad que somos; buscar en el pasado para saber dónde está y de esa manera lograr huir definitivamente de él. Y es que sólo se puede cruzar el Rubicón una vez, y cuando lo haces ya no hay vuelta atrás posible. Ese río, para cada persona, tiene un nombre diferente. Pero para todas ellas marca un límite, un baldío peligroso, una frontera más allá de la cual lo que hay es una necesidad que se desconoce. Pero necesaria.

Éste es el viaje que te propone Pero sigo siendo el rey. En él te encontrarás con viejos personajes de sus dos novelas anteriores cuyos cameos hacen que su lectura motive aún más y que le otorga un cierto halo de final de trilogía. Súbete: estás invitado. Aunque te advierto que los mejores viajes son siempre aquéllos en los que cada paso que das es, en sí mismo, una propuesta de destino diferente.

sábado, 12 de junio de 2010

LOS MEJORES POEMAS SON SIEMPRE LOS QUE NO NECESITAN SER EXPLICADOS (Palabra sobre palabra, Ángel González, Seix Barral, Barcelona, 2008)


Era enero y recuerdo que habíamos pasado la noche haciendo el amor y leyendo poemas de Ángel González. A la mañana siguiente, extrañamente temprano para ser un sábado, salí de la cama, me vestí sin hacer demasiado ruido y me largué a casa donde me esperaba un buen fajo de exámenes cuya urgente corrección me reclamaba desde hacía varios días. Horas más tarde, mientras comía, sonó el teléfono en el salón. Era ella:

—Se ha muerto—dijo.

—¿Quién?— pregunté.

—Él. Se ha muerto Ángel González. Anoche. Enciende el televisor; lo están contando ahora en el telediario.

Eso hice y era cierto. Había muerto la noche anterior a causa de una insuficiencia respiratoria, probablemente en el preciso instante en que sus poemas fueron declamados casi en un susurro por alguno de nosotros, o mientras nos aovillábamos bajo la manta buscando la manera más exacta de complacer nuestros cuerpos. Una casualidad, después de todo. Pero que me ha acompañado desde entonces como una obsesión, en parte porque aquellos días de invierno quedan ya muy lejos y en parte porque la poesía de Ángel González, como un viejo hogar al que se regresa, siempre ha estado allí, visita ineludible, maestro y cicerone preferido entre maestros y cicerones.

El invierno pasado, justamente el mismo día en que se cumplía el segundo aniversario de su muerte, me quise regalar su obra completa. La encontré en Seix Barral y Palabra sobre palabra es su título. Aquí la tengo, junto a mi regazo, llena de anotaciones y pequeños pósit, desmenuzada tras una larga, reflexiva y placentera lectura que me ha tenido ocupado prácticamente un mes, tras haber paladeado cada poema, cada verso y cada palabra a pequeños sorbos, como un sumiller que disfrutase descubriendo el cromatismo de sensaciones tras la cata de un buen vino macerado en viejas barricas, no permitiéndome la lectura prolongada de más de diez o quince poemas seguidos, regresando atrás, avanzando sin ningún tipo de prisa, con la laxa pero irrefrenable armonía de una ola sobre el océano, como siempre uno debe de leer poesía.

Si algo he aprendido de Ángel González es que los mejores poemas son siempre los que no necesitan ser explicados, los que entran por los ojos como un vaso de agua fresca en verano y te atraviesan el corazón con un relámpago de vida que te eriza los pelos y te sitúa al borde del llanto y la emoción, sin renunciar por ello a un lenguaje accesible no exento de la precisión de las más bellas figuras literarias. Al señor González le debemos el empeño todavía inconcluso de humanizar el lenguaje poético, de hacerlo transitable; algo a lo que sin duda se abocó desde el preciso instante en que clavó por vez primera la pluma sobre la página. Uno no tiene más que leer Palabra sobre palabra para confirmarlo. Toda su obra es un canto en defensa de la palabra clara, provocadora, fiel, exacta...; algo que aprendemos quienes tratamos de enfrentamos a la vida de tú a tú, sin ambages, lanzando mordiscos directos al cuello donde la sangre inquieta espera a salpicar la vida.

Desde luego que la cosa ya apuntaba buenas maneras cuando hacia mitad del siglo pasado vieron la luz Áspero mundo y Sin esperanza con convencimiento, sus primeros poemarios y donde yo creo que radica su esencia más estricta y cautivadora, donde versos como la enloquecida / fuerza del desaliento, o en medio / de la cruel retirada de las cosas, o mi corazón es / crisol donde se funden / contrariedades con contradicciones te abofetean la cara para besártela tiernamente después. En ellos, el poeta aborda algunas de sus mayores y contagiosas obsesiones: la espera, el paso del tiempo, la esperanza puesta en un esquivo porvenir que no llega. Las décadas de los años sesenta y setenta le sirvieron en cambio para dar rienda a sus pocas veces reconocido vitalismo: poemas de contenido social investidos de ironía que ocultan un discurso a veces flirteando con el Marxismo más propio de su generación (Grado elemental y Procedimientos narrativos), bellos poemas cargados de intensidad casi saliniana donde el amor es presentado como la fe de los que son incapaces de creer en otra cosa (Palabra sobre palabra), o metáforas imprevistas a través de las cuales la fragilidad que sostiene todo enarbola una belleza contradictoria (Breves anotaciones para una biografía). A partir de Prosema o menos, ya en los ochenta y durante los noventa, los poemas llegan como en cuentagotas, en ellos parece como si ese vitalismo se esfumara lentamente para dejar paso a contenidos más reflexivos propios de la madurez, más preocupados por la forma pero sin desdeñar un contenido donde lo perecedero de la memoria sigue latiendo si cabe con mayor intensidad: solamente un olvido le atormenta: / después, antes… ¿de qué?, esas pequeñas certezas que hacen que la vida en cambio / corte como un cuchillo.

La obra poética de Ángel González se completa con un libro que no se incluye en esta edición: Nada grave. Un poemario que encontró su viuda entre sus archivos poco después de su muerte y que publicó Visor en una edición exquisita en el año 2008. Allí uno puede encontrar a un hombre asediado por el aliento cercano de la muerte, vencido pero lúcido, abocado pero con convencimiento… Este poemario llego a mí de manos de aquella mujer con la que hice el amor y leí sus poemas la noche en que Ángel González cerró los ojos a este áspero y acariciado mundo, y a la que no tengo por menos que dedicar esta reseña (porque te sigo queriendo, pequeñaja) y el poema que a continuación sigue:


HOY

Hoy todo me conduce a su contrario:
el olor de la rosa me entierra en sus raíces,
el despertar me arroja a un sueño diferente,
existo, luego muero.

Todo sucede ahora en un orden estricto:
los alacranes comen de mis manos,
las palomas me muerden las entrañas,
los vientos más helados me encienden las mejillas.

Hoy es así mi vida.
Me alimento del hambre.
Odio a quien amo.

Cuando me muerdo, un sol recién nacido
me mancha de amarillo los párpados por dentro.

Bajo su luz, cogidos de la mano,
tú y yo retrocedemos desandando los días
hasta que al fin logramos perdernos en la nada.