sábado, 18 de diciembre de 2010

GREGOR SAMSA ERES TÚ (La metamorfosis, Franz Kafka, Biblioteca Nueva, Madrid, 2000)


Hace unas semanas, un profesor del colegio donde pasé la mayor parte de mi vida escolar me pidió que participara en el taller de literatura que estaba creando. Se trataba de una iniciativa bastante interesante que pretendía fomentar el interés por los libros y la literatura entre alumnos, padres y profesores. La propuesta me sedujo de manera que allí me presenté, una tarde nada más llegar del colegio donde actualmente imparto clases de Historia.

La reunión era en el salón de actos. Había tráfico, así que llegué unos minutos después de la hora señalada. El grupo estaba sentado formando un círculo en medio de la enorme sala. Saludé a los presentes. Había muchas caras conocidas, la mayoría antiguos profesores que más tarde fueron compañeros durante el año que allí estuve trabajando. También había otras personas que no conocía, mujeres todas ellas y madres de alumnos seguramente. El grupo lo constituíamos una docena de personas.

Juancho, que es así como se llama el profesor que me invitó, comenzó a hablar. Se le ocurrió que lo mejor sería que nos presentáramos al resto del grupo y que después acordáramos la lectura con que inaugurar el taller. Tras discutir la fecha y la hora del próximo encuentro, escogimos la obra. La metamorfosis, de Franz Kafka, fue la elegida. No pude resistirme y, cuando proponíamos moderador para dicho encuentro, levanté la mano y me presenté voluntario. A los demás asistentes les pareció bien y el asunto no se prolongó mucho más. Lo que teníamos que hacer era hincarle el diente y al cabo de un mes volver a reunirnos para poner en común las impresiones que nos había suscitado. Sin más, dimos por concluido el encuentro.

Debía de tener dieciséis años la primera vez que leí La metamorfosis. De hecho, fue de los primeros libros que adquirí y que hoy ocupa un lugar prominente en la extensa biblioteca que atesoro. Desplegué la primera página y esto fue lo que encontré: una mañana, al despertar de una noche llena de sueños intranquilos, Gregor Samsa se encontró en su cama, convertido en un bicho monstruoso.

Paradójicamente, hablar de este libro no me resulta tarea fácil. Es como hablar de mi mismo ¿Por dónde empezar? ¿Cuál es el principio? ¿Qué debo decir que tal vez no se haya dicho todavía? Complicado, muy complicado.

Cuando un libro es capaz de desmontarte la concepción el mundo y de tu propia identidad en tan solo sesenta páginas, uno tiene bastante con saber cerrar la boca y reponerse del impacto visual. Eso fue precisamente lo que sucedió la noche en que Gregor Samsa se presentó ante mí para hablarme de mi mismo. Ese libro me violó la adolescencia y me preñó de algo a lo que todavía no sé poner nombre y para lo que aún busco respuestas. La metamorfosis significó el comienzo de aquello que soy sin saber muy bien lo que eso significa.

Sigamos, pues, por los más obvio.

Franz Kafka escribió La metamorfosis entre los meses de noviembre y diciembre de 1912. Sin embargo, no sería publicado por vez primera hasta tres años más tarde, en 1915. Gracias al rico legado epistolar que dejó el autor, pueden conocerse las angustiosas circunstancias del proceso de creación en que la obra fue concebida. Kafka reconoce en una de sus cartas que la idea de escribir el relato le sobrevino después de un turbulento sueño (de este hecho da buena cuenta el comienzo del libro). El proceso de gestación fue lento, interrumpido constantemente por tráfagos y obligaciones que le impedían centrarse en la necesidad de dar forma a la narración, restándose a sí mismo horas de sueño y obligándose a permanecer despierto y al borde del delirio. Porque precisamente eso es La metamorfosis. Un relato al borde del delirio, a medio camino entre la pesadilla y lo real, una mixtura donde convergen y se confunde biografía y fábula. Sesenta páginas que de ningún modo pueden leerse fácilmente. El autor lo diseñó para que su lectura resultase incómoda, pesada y angustiosa. Para que los ojos del lector atravesaran el desierto de una noche fuera del tiempo.

Kafka era un checo que escribía en alemán, un judío atenazado por los pogromos de principios del siglo XX, un hijo cuyo padre atormentó y menospreció con la exigencia de un torturador, un joven tuberculoso y desvalido. Pero por encima de todo, Franz Kafka fue un hombre sin un lugar en el mundo que le tocó vivir, al margen de lo permitido y sin una identidad tras la que protegerse y pedir auxilio. Kafka vivió a la intemperie de una época que le destrozó hasta matarle. Pero antes de ello, volcó todas sus fobias en un manuscrito que por extremo ha superado con creces el tribunal del tiempo, para convertirse en una obra universal cuyo significado se antoja comprensible hoy, como si hoy mismo hubiese sido escrita.

Gregor Samsa eres tú, que lees estas páginas. Gregor Samsa soy yo, que aquí me despido.

martes, 31 de agosto de 2010

UNA HISTORIA DE VIDA (las aventuras de Wesley Jackson, William Saroyan, Acantilado, Barcelona, 2006)


No puedo dejar de imaginarme la cara estupefacta del oficial del ejército de los Estados Unidos cuando terminó de leer lo que previa y teóricamente había sido un encargo para suavizar la imagen del propio ejército durante la Segunda Guerra Mundial. El escritor elegido fue William Saroyan. El resultado, Las aventuras de Wesley Jackson, un tratado antibelicista de profuso resuello anarquista.

La cara, como digo, debió de parecerse bastante a un poema. A uno de Lovecraft, en concreto.

Si lo que querían era propaganda al más puro estilo Goebbelsiano, metieron la pata a la altura del corvejón. Se la colaron por donde más dolía y para colmo con éxito editorial de por medio. El libro gustó, aunque no precisamente a quien debía y en el modo en que debía gustar.

Anécdotas aparte, de poco sirve que un libro lance una cruzada contra la guerra puesto que ya sabemos todos lo que supusieron aquellos primeros años de la década de los 40, lo que significaron, el poso que dejaron y la manera que tuvieron de perfilar los nuevos modos de enfrentarse a la Historia, al pensamiento y a la vida en general. De poco sirve. Incluso me atrevería a decir que la intención de Saroyan no era abanderar ninguna causa perdida. Lo que hizo, lo que la cabeza y el corazón le pidieron que hiciera, no fue escribir sobre algo que le aterrorizaba y que era la guerra, sino redactar un precioso manifiesto que recogiese las pequeñas y grandes miserias y alegrías que hacen de un hombre precisamente eso, un hombre. Saroyan se sobrepuso al disgusto que debió suponerle el encargo de adecentar un oficio tan miserable como el de la guerra, se aferró a sus principios pertrechándose del valor suficiente como para decirle al mundo entero lo que sentía ante tales acontecimientos y, finalmente, redactó una bella historia de camaradería, amor y libertad.

Si lo que el lector busca es una novela ambientada en la guerra, se equivoca de plano en la elección. De hecho las pocas secuencias de tímido belicismo se reservan al final del libro y apenas llegan a ocupar un par de páginas. Lo que está contando Saroyan es una historia de vida, desde el reclutamiento de un muchacho de apenas diecinueve años en un campamento de instrucción militar hasta el día de su regreso de la contienda, pasando por toda suerte de incidentes más o menos afortunados que van enseñándole lo que en verdad significa todo el tinglado de la vida. Para ello, Saroyan logra crear un ambiente más que propicio pues no es difícil advertir la evolución del protagonista, cómo cambia su percepción del mundo a medida que el tiempo y las personas pasan. En este sentido, inicialmente la novela hace gala de una ingenuidad sorprendente, muy lograda por la cantidad de diálogos interrogativos que despliega Wesley en su afán por conocer de manos de quienes él sabe que saben más. Pero de esa ingenuidad va desprendiéndose a medida que los vericuetos de la historia avanzan, dando paso lentamente a un Wesley cambiado, genuino, dueño de sus propias convicciones pero en el que no dejan de advertirse las influencias que a lo largo de su vida ha tenido: un padre alcohólico al que se niega a no redimir, la admiración de un escritor cuyas similitudes recuerdan bastante al propio Saroyan, la eterna alegría de vivir de su joven compañero Víctor Tosca, la magia verbalizada del recluta Joe Foxhall, la impotencia de un músico incapaz de tocar su trombón sin un sombrero de paja a cuestas, el deseo colmado de todo amor que al final siempre llega. Cosas varias estas, que modulan la vida de un hombre empeñado en sobrevivir a toda costa, desplegadas de acuerdo a un sencillo estilo de lo más apropiado —la esencia del más puro Saroyan— que lo convierte en un novelista indispensable para comprender la literatura norteamericana del pasado siglo.

Quizá sea que me estoy haciendo mayor, pero el caso es que las efemérides me acompañan últimamente más de lo acostumbrado. Ésta, sin ir más lejos. La que se cumple mañana, primero de septiembre. Exactamente setenta y un años después de aquel lejano uno de septiembre de 1939 en que las columnas del VI ejército alemán pusieron pie al otro lado de la frontera polaca, dando pistoletazo de salida a la mayor atrocidad de la que ha sido capaz el ser humano.

Quizá no esté de más echar un vistazo a libros como éste, ahora que parece que los tiempos vuelven a enturbiarse más allá de lo que nos permite nuestro siempre inoportuno e inapropiado olvido. Merece la pena hacerlo, de cualquier modo. Aunque sólo sea por darse el gustazo de una buena lectura.

lunes, 16 de agosto de 2010

LA ETERNA PREGUNTA (Principiantes, Raymond Carver, Anagrama, Barcelona, 2010)


Vuelo a Carver como se vuelve siempre al amor… aunque no hace mucho que hablé de él, aquí mismo, apenas unos cuantos párrafos más abajo. Pero uno no puede evitar volver donde le quieren, donde se siente a gusto y nunca defraudado. Más ahora que todo parece que se haya vuelto a complicar, y al mismo tiempo como si nada hubiera cambiado demasiado. Como si todo siguiera igual y en cambio diferente…

Anagrama sacó en mayo de este año la primera edición de Principiantes: el libro de relatos que Raymond Carver gestó allá en la segunda mitad de la década de 1970 y que finalmente salió publicado en 1981, aunque bajo otro título (De qué hablamos cuando hablamos de amor) y sesgado en prácticamente la mitad del contenido original por obra y gracia de su editor, Gordon Lish. No vamos a hacer aquí ninguna subversión apologética en contra de la labor editorial, no es mi objetivo y directamente me toca bastante los cojones los motivos que llevaron a Lish a lishiar (si me permites el juego de palabras) el original de Carver. Y no lo vamos a hacer entre otras cosas porque esto de la literatura no es más que un negocio y, como tal, está sujeto a las normas que dictamina el mercado y a las que cualquier escritor que aspire medianamente a cierta notoriedad no le queda más remedio que someterse. Desconozco los argumentos del editor, de hecho la versión que saca Anagrama y que está prologada por los responsables del buceo que rescató a Principiantes del olvido se abstiene por completo de emitir juicios de valor, lo que es de agradecer ya que el resultado de sus pesquisas, en las que de nuevo participó la viuda del escritor, Tess Gallagher, de igual modo no es otra cosa que una habilidosa maniobra del todopoderoso mercado editorial para seguir produciendo dividendos de alguien que dejó de escribir prematuramente hace ya algún tiempo.

Pero sobreponiéndonos a esta certeza y atendiendo estrictamente a lo que la palabra escrita dice por sí sola, Principiantes es una jodida obra maestra se mire por donde se mire y se juzgue del modo que uno quiera juzgarla. Una delicia en el más puro estilo Carveriano contada en un tono de inocencia demoledora.

Hace justamente seis años que leí De qué hablamos cuando hablamos de amor, en una edición sacada también por Anagrama, y me es difícil a día de hoy comprobar en qué medida el sesgo afectó al original de Carver, principalmente porque seis años dan para olvidar muchas cosas. Pero eso no es lo importante, sino la oportunidad de volver a leer esas páginas como si fueran cosecha nueva, ya que de algún modo lo son. Y cuando lo haces, cuando paseas por estas páginas, arañando la lectura de los relatos o más estrictamente arañándote ellos los ojos a cada línea, lo que sucede, lo que vuelve a suceder, es esa suerte de revelación que abrasa como el fuego que es la vida misma y de la que Carver da buena cuenta. Se trata de los mismos diecisiete relatos, obviamente ampliados y con ciertas modificaciones en los títulos (empezando por el que da nombre al libro), pero en esencia es eso, más de lo mismo: el mismo Carver, atenazado por la ansiedad y sus tribulaciones, volcado en personajes cuyas vidas son conducidas al límite de lo que ellos pueden soportar y que a pesar de todo tienen tiempo y valor de amar, borrachos a los que la vida sitúa al margen de lo estricto pero cuya cotidianidad se descubre como algo lógico e identificable, seres humanos que tienen miedo de amar y miedo de no amar lo suficiente. Que es ahí donde surge el problema: cuando no se tienen respuestas, o cuando las respuestas vienen tarde y equivocadas, a uno no le queda más remedio que lanzarse de cabeza a la realidad, y eso es lo que hace Carver con las criaturas que concibe: arrojarlas a la vida para que la vida las ahogue y también, por qué no, para que la vida las rescate.

En una asombrosa coincidencia, he tenido ocasión de compaginar la lectura de Principiantes con otra no menos acertada, una antología del poeta estadounidense William Carlos Williams, que a la sazón influiría decisivamente en la obra de Carver. Al él le debemos una de las citas más lapidarias que haya podido salir de la imaginería de un poeta: “no hay ideas sino en las cosas”, leitmotiv a la que Carver se doblegó desde un principio: que la realidad hable por sí sola, que ella sea la verdadera protagonista mientras que los personajes se convierten en su atrezo, secundarios de un actor principal que no tiene nombre pero que todos podemos reconocer, una realidad objetiva que evita a toda costa los juicios moralísticos, razón principal por la que cuando se aborda la lectura de Carver a uno le queda, como un poso amargo, el remanente de una cierta incomprensión, un ¿ya está? ¿eso es todo? Se me ocurre que la vida es eso y nada más: la eterna pregunta que pende en el aire y que nadie es capaz de cerrar su interrogante.

Y así puedo decir que vuelvo a Carver como se vuelve siempre al amor o la vida, que para el caso es lo mismo.

Eso es todo.

jueves, 1 de julio de 2010

CUANDO UNO CRUZA EL RUBICÓN (Pero sigo siendo el rey, Carlos Salem, editorial Salto de página, Madrid, 2009)


Alguien, no recuerdo quién, me habló del Bukowski. Un pequeño bareto que está en Madrid, en la angosta calle San Vicente Ferrer que une dos de las principales arterias que delimitan el barrio de Malasaña: Fuencarral y San Bernardo. Soy, no lo voy a negar, un provinciano; por eso cuando me propuse llegar hasta allí me costó dios y ayuda encontrar la dirección correcta. Era un domingo a primera hora de la noche y a pesar de tratarse de Madrid no había mucha gente por la calle. Cuando me decidí definitivamente perdido y estaba a punto de capitular, me di la vuelta y allí estaba el letrero: bar Bukowski club, punto de encuentro cultural. Lo primero que hice fue pedir una cerveza de tercio que me supo a victoria. Lo siguiente fue acomodarme en uno de los taburetes junto al extremo de la barra más próximo a la salida y deleitarme con el atrezo y la parroquia. Tampoco había mucha gente allí dentro. Tan solo unos cuantos solitarios como yo y una cuadrilla de chicas sentadas en la tarima del fondo, junto a un atril sostenido por dos piernas de maniquí y un micrófono en el lateral.

A la tercera cerveza en punto, quien me las había servido, un tipo ancho con perilla y voz grave que no paraba de fumar y estaba ataviado con un pañuelo como de pirata en la cabeza, salió de la barra y se subió a la tarima, encendió el micro y tras el pitido exhausto de un acople dijo algo así como que la jam session de relatos iba a comenzar. Dijo también algunos nombres: aquéllos que saldrían a la palestra a leer sus garabatos y luego se bajo y empezó el baile.

No recuero mucho más de aquella noche. Los tipos se sucedieron frente al atril en un intervalo que me llevó otras tres cervezas exactas. Cuando pedí la cuenta y me disponía a largarme, el tipo con aspecto de pirata salió de nuevo a la tarima, desplegó un fardo de folios y se soltó con un par de relatos breves. Tampoco recuerdo de qué iban, tan solo que me gustaron, sonaron frescos, límpidos y además recitados en el tono adecuado, como jovial, como con un cierto y a la vez falso desinterés. Cuando terminó todos aplaudieron, yo también, recogí mis cosas de la barra y me largué del Bukowski.

Unas semanas más tarde, tirado frente al televisor una noche de verano, me lo volví a encontrar. Estaba de contertulio en ese programa de casposos exégetas literarios que presenta Sánchez Dragó. Me llamó la atención su presencia, así que le presté toda la que tenía. De entre todo ellos, Carlos Salem, que es así como se llamaba el pirata, parecía el más cabal de todos ellos. Había sido invitado al programa para promocionar una novela que recientemente había publicado cuya temática podría etiquetarse de negra. Sentí curiosidad y a la mañana siguiente fui a la librería de mi amigo Pepe y me lo compré junto con otra novela que había editado un año antes. Camino de ida y Matar y guardar la ropa son sus nombres. Los devoré. Me encantaron.

Así que no me lo pensé dos veces cuando no hace mucho me enteré de que había publicado su tercera obra, Pero sigo siendo el rey, y volví donde Pepe y me hice con ella. Aquí, Salem regresa por los derroteros de la novela negra, un formato que domina y al que su narrativa larga parece abocada. Pero por suerte no se detiene en las meras formas del género: como los buenos escritores, se pertrecha de un diagnóstico para subvertirlo después; disfraza lo que tiene que decir de unas hopalandas que hacen cómoda y fluida su lectura. Pero también hay algo de mágico en ella. Algo mágico en el sentido más literario del término y que sospecho el autor ha heredado de su prístina formación (Salem es de origen argentino, y no es difícil percibir ciertos visos de realismo mágico no sólo aquí sino también en las otras dos novelas que la preceden): personajes como sacados de la chistera de un mago, situaciones de una absurdez delirante, escenarios espacio-temporales violentados, triangulaciones inesperadas entre primeras y terceras voces narrativas. Y todo ello sin perder un ritmo directo y conciso, estructurado en pequeños capítulos cuyo final siempre es una cremallera que te hilvana inevitablemente al siguiente. Salem engancha porque escribe con la ingenuidad de quien conoce la vida a fondo y no por ello deja de sorprenderse a cada instante, invitando al lector a ello, lo que le convierte en último término en un escritor generoso, porque él no desentraña las cosas, las deja allí para que uno las recoja, para que haga la lectura que más le convenga y esté preparado mientras el texto continúa salpicándose de metáforas de una intensidad reveladora.

Pero sigo siendo el rey es una novela de personajes cuyo cometido en la vida no parece ser otro en realidad que el de purgar sus castigos. El detective marloweiano Arregui, unido por la fatal casualidad al destino de otro hombre, un tal Juan Carlos, se lanza a una carrera sin tiempo ni espacio, o con el tiempo y el espacio dados literalmente la vuelta, en busca de las razones que pertrechan los miedos del pasado para enfrentarlos y quién sabe si lograr al fin derrotarlos. Necesito saber quién era para decidir quién quiero ser…, reza una de las líneas. Eso es precisamente lo que hacen sus personajes: buscar en el pasado —como si éste fuera un lugar al cual poder regresar— aquel niño que se pudo haber sido y ya no se recuerda; buscar en el pasado las raíces que arrostran la identidad que somos; buscar en el pasado para saber dónde está y de esa manera lograr huir definitivamente de él. Y es que sólo se puede cruzar el Rubicón una vez, y cuando lo haces ya no hay vuelta atrás posible. Ese río, para cada persona, tiene un nombre diferente. Pero para todas ellas marca un límite, un baldío peligroso, una frontera más allá de la cual lo que hay es una necesidad que se desconoce. Pero necesaria.

Éste es el viaje que te propone Pero sigo siendo el rey. En él te encontrarás con viejos personajes de sus dos novelas anteriores cuyos cameos hacen que su lectura motive aún más y que le otorga un cierto halo de final de trilogía. Súbete: estás invitado. Aunque te advierto que los mejores viajes son siempre aquéllos en los que cada paso que das es, en sí mismo, una propuesta de destino diferente.

sábado, 12 de junio de 2010

LOS MEJORES POEMAS SON SIEMPRE LOS QUE NO NECESITAN SER EXPLICADOS (Palabra sobre palabra, Ángel González, Seix Barral, Barcelona, 2008)


Era enero y recuerdo que habíamos pasado la noche haciendo el amor y leyendo poemas de Ángel González. A la mañana siguiente, extrañamente temprano para ser un sábado, salí de la cama, me vestí sin hacer demasiado ruido y me largué a casa donde me esperaba un buen fajo de exámenes cuya urgente corrección me reclamaba desde hacía varios días. Horas más tarde, mientras comía, sonó el teléfono en el salón. Era ella:

—Se ha muerto—dijo.

—¿Quién?— pregunté.

—Él. Se ha muerto Ángel González. Anoche. Enciende el televisor; lo están contando ahora en el telediario.

Eso hice y era cierto. Había muerto la noche anterior a causa de una insuficiencia respiratoria, probablemente en el preciso instante en que sus poemas fueron declamados casi en un susurro por alguno de nosotros, o mientras nos aovillábamos bajo la manta buscando la manera más exacta de complacer nuestros cuerpos. Una casualidad, después de todo. Pero que me ha acompañado desde entonces como una obsesión, en parte porque aquellos días de invierno quedan ya muy lejos y en parte porque la poesía de Ángel González, como un viejo hogar al que se regresa, siempre ha estado allí, visita ineludible, maestro y cicerone preferido entre maestros y cicerones.

El invierno pasado, justamente el mismo día en que se cumplía el segundo aniversario de su muerte, me quise regalar su obra completa. La encontré en Seix Barral y Palabra sobre palabra es su título. Aquí la tengo, junto a mi regazo, llena de anotaciones y pequeños pósit, desmenuzada tras una larga, reflexiva y placentera lectura que me ha tenido ocupado prácticamente un mes, tras haber paladeado cada poema, cada verso y cada palabra a pequeños sorbos, como un sumiller que disfrutase descubriendo el cromatismo de sensaciones tras la cata de un buen vino macerado en viejas barricas, no permitiéndome la lectura prolongada de más de diez o quince poemas seguidos, regresando atrás, avanzando sin ningún tipo de prisa, con la laxa pero irrefrenable armonía de una ola sobre el océano, como siempre uno debe de leer poesía.

Si algo he aprendido de Ángel González es que los mejores poemas son siempre los que no necesitan ser explicados, los que entran por los ojos como un vaso de agua fresca en verano y te atraviesan el corazón con un relámpago de vida que te eriza los pelos y te sitúa al borde del llanto y la emoción, sin renunciar por ello a un lenguaje accesible no exento de la precisión de las más bellas figuras literarias. Al señor González le debemos el empeño todavía inconcluso de humanizar el lenguaje poético, de hacerlo transitable; algo a lo que sin duda se abocó desde el preciso instante en que clavó por vez primera la pluma sobre la página. Uno no tiene más que leer Palabra sobre palabra para confirmarlo. Toda su obra es un canto en defensa de la palabra clara, provocadora, fiel, exacta...; algo que aprendemos quienes tratamos de enfrentamos a la vida de tú a tú, sin ambages, lanzando mordiscos directos al cuello donde la sangre inquieta espera a salpicar la vida.

Desde luego que la cosa ya apuntaba buenas maneras cuando hacia mitad del siglo pasado vieron la luz Áspero mundo y Sin esperanza con convencimiento, sus primeros poemarios y donde yo creo que radica su esencia más estricta y cautivadora, donde versos como la enloquecida / fuerza del desaliento, o en medio / de la cruel retirada de las cosas, o mi corazón es / crisol donde se funden / contrariedades con contradicciones te abofetean la cara para besártela tiernamente después. En ellos, el poeta aborda algunas de sus mayores y contagiosas obsesiones: la espera, el paso del tiempo, la esperanza puesta en un esquivo porvenir que no llega. Las décadas de los años sesenta y setenta le sirvieron en cambio para dar rienda a sus pocas veces reconocido vitalismo: poemas de contenido social investidos de ironía que ocultan un discurso a veces flirteando con el Marxismo más propio de su generación (Grado elemental y Procedimientos narrativos), bellos poemas cargados de intensidad casi saliniana donde el amor es presentado como la fe de los que son incapaces de creer en otra cosa (Palabra sobre palabra), o metáforas imprevistas a través de las cuales la fragilidad que sostiene todo enarbola una belleza contradictoria (Breves anotaciones para una biografía). A partir de Prosema o menos, ya en los ochenta y durante los noventa, los poemas llegan como en cuentagotas, en ellos parece como si ese vitalismo se esfumara lentamente para dejar paso a contenidos más reflexivos propios de la madurez, más preocupados por la forma pero sin desdeñar un contenido donde lo perecedero de la memoria sigue latiendo si cabe con mayor intensidad: solamente un olvido le atormenta: / después, antes… ¿de qué?, esas pequeñas certezas que hacen que la vida en cambio / corte como un cuchillo.

La obra poética de Ángel González se completa con un libro que no se incluye en esta edición: Nada grave. Un poemario que encontró su viuda entre sus archivos poco después de su muerte y que publicó Visor en una edición exquisita en el año 2008. Allí uno puede encontrar a un hombre asediado por el aliento cercano de la muerte, vencido pero lúcido, abocado pero con convencimiento… Este poemario llego a mí de manos de aquella mujer con la que hice el amor y leí sus poemas la noche en que Ángel González cerró los ojos a este áspero y acariciado mundo, y a la que no tengo por menos que dedicar esta reseña (porque te sigo queriendo, pequeñaja) y el poema que a continuación sigue:


HOY

Hoy todo me conduce a su contrario:
el olor de la rosa me entierra en sus raíces,
el despertar me arroja a un sueño diferente,
existo, luego muero.

Todo sucede ahora en un orden estricto:
los alacranes comen de mis manos,
las palomas me muerden las entrañas,
los vientos más helados me encienden las mejillas.

Hoy es así mi vida.
Me alimento del hambre.
Odio a quien amo.

Cuando me muerdo, un sol recién nacido
me mancha de amarillo los párpados por dentro.

Bajo su luz, cogidos de la mano,
tú y yo retrocedemos desandando los días
hasta que al fin logramos perdernos en la nada.

domingo, 9 de mayo de 2010

SI HAY ALGO MÁS REALISTA QUE ESTO, HÁZMELO SABER Y CALLARÉ (Si me necesitas, llámame, Raymond Carver, Anagrama, Barcelona, 2010)


No recuerdo muy bien dónde adquirí Short cuts, aunque creo que fue en Valladolid hace ya bastantes años. El caso es que era lo primero que leía de Carver y recuerdo que me puse una noche manos a la obra cuando ya todos se habían acostado. Encendí la lámpara del salón, me lié un cigarrillo y empecé a pasar páginas como poseído. Al poco rato comprendí que todo lo que había escuchado y leído sobre Carver antes se desvelaba como irrefutablemente cierto. El empalme de los pelos de los brazos me duró hasta la página sesenta y cinco. En ese momento, cuando fui a pasar a la siguiente, me di cuenta de que algo no cuadraba. Era como si el discurso se hubiera desvanecido en cuestión de un instante. Luego me fijé en la numeración de la página y entendí de qué iba el asunto. La edición que había pillado tenía una errata de imprenta: de la sesenta y cinco pasaba a la página noventa y ocho sin solución de continuidad. Maldije a los dioses, a la zorra que me vendió el libro y sobre todo a mí por no haber conservado el ticket de compra. Arrojé al tarado al otro extremo del sofá, apagué la luz y me fui a dormir con un cabreo considerable.

Aun tengo el Short cuts tullido. Nunca lo he reemplazado por la edición buena. Hasta hace unos días pensé que era lo único que me quedaba por leer de Raymond Carver, hasta que entré en la librería de mi amigo Pepe y vi un ejemplar que desconocía: Si me necesitas, llámame. Lo compré y nada más hacerlo me tomé la molestia de contar, una a una, las páginas. Por si las moscas, ya sabes.

Si me necesitas es una breve colección de relatos que la viuda de Carver, Tess Gallagher, encontró en los documentos del escritor años después de su fallecimiento, justamente cuando ella daba por concluida la publicación póstuma de su obra íntegra. Se trata de cinco relatos, dos de los cuales inéditos y los otros tres publicados con ciertas variaciones en revistas a caballo entre finales de los setenta y principios de los ochenta. Relatos que, según indica la sinopsis, Carver descartó en vida debido a su alto contenido autobiográfico; aspecto que confirma Gallagher en el epílogo que se ha incluido al final de esta edición y que uno, por poco conocimiento que tenga de su biografía, ratifica una vez leídos.

En ellos, el lector vuelve a reencontrarse con el Carver que conoce y lo sedujo. La misma sencillez minimalista que construye historias como sacadas de un álbum de fotografías en que uno puede fácilmente reconocerse. Historias a través de las cuales uno vuelve a experimentar esa sensación entre divina, diabólica y desconcertante que sobreviene al concluir los relatos, pensando en por qué demonios acaban allí, así…, en lugar de continuar página tras página hasta morir de viejos. Y es que el realismo de Carver es tan exacto que por eso mismo confunde (quien te diga que comprende la realidad o es un lunático o intenta engañarte). Raymond Carver coge las palabras y las pone una detrás de otra hasta que juntas componen una puerta que se abre a la sospecha, y que el lector atraviesa para recrear las inciertas verdades que el relato calla: el pasado de unos personajes devastados por la vida y la angustia lacerante que late en el fondo de sus almas. A diferencia de tantos otros escritores cuyas voces omniscientes desentrañan hasta el tamaño de las uñas de sus personajes, Carver se limita a dar pistas, pequeñas y vagas sensaciones que el lector recoge como agua de lluvia y que dotan a su escritura de un misterio apasionado, dramático y sobre todo real. Nunca se llega a comprender del todo a sus personajes, las conductas que esgrimen, las resoluciones que adoptan; como tampoco se llega nunca a comprender del todo a nadie en esta vida…; si hay algo más realista que esto, házmelo saber y callaré.

Parafraseando a la propia Gallagher, el valor de estas obras no sólo radica en su conjunto, sino también en los pequeños detalles. Efectivamente los argumentos que construyen Si me necesitas (como el resto de su producción en prosa) parecen sacados de fotografías aparentemente baladíes. Sin embargo, lo importante en ellos no es lo que cuentan, sino lo que se intuye; esas pequeñas verdades que cimientan la vida misma y a las que no solemos prestar la debida atención. Verdades que por frágiles e insospechadas van a lo corriente, a lo habitual, para en ellas mecer la vida de unos personajes a medio camino entre la destrucción y la salvación (de ahí la constante presencia del fuego en su obra). Por ello mismo Carver emplea un lenguaje cuya forma rehúye la exuberancia y se recrea en la brevedad oracional. Porque lo esencial radica en la desnudez de las palabras, y en este sentido hay muy pocos escritores que brillen. Carver, al contrario, supera el grado de la destreza.

Si me necesitas, llámame es un libro que cierra un camino que, por casualidades de esa misma vida que tanto le obsesionaba, a los lectores de Raymond Carver siempre nos parecerá excesivamente breve, como sus propios relatos, quizá. Y al que especialmente tenía ganas de dar cuenta aquí, pues no en vano la idea de escribir reseñas la saqué de uno de sus libros, así como la idea de escribir en general. Raymond Carver es uno de mis maestros y por ello mismo le doy las gracias. Allá donde quiera que esté.

sábado, 1 de mayo de 2010

¿QUÉ ES LA SÁTIRA, SINO ESTO? (Porno, Irvine Welsh, Anagrama, Barcelona, 2005)


Estuve repasando hace unas semanas la película de Traisnpotting y entonces me acordé de que hará un año, más o menos, mi amigo Gonza llamó a mi puerta y me regaló el libro de Porno. “Toma, esto es para ti”, dijo. No festejábamos nada, tampoco era mi cumpleaños, ni celebrábamos efemérides alguna. “Pasé por la librería para comprarme algo y lo vi y me apeteció que lo leyeses”. “¡Qué bueno, chaval!”, le dije y lo guardé en las estanterías. La verdad es que no me había apetecido hincarle el diente hasta el otro día, cuando terminé de ver por cuarta o quinta vez Trainspotting. Recuerdo que la película me gustó bastante. La vi con mis amigos en el cine cuando apenas era un adolescente. Nos encantó a todos. Uno de ellos la compró en VHS y cada cierto tiempo solíamos quedar en su casa para degustarla como un vino añejo. Nos sentíamos identificados, o mejor dicho, queríamos sentirnos identificados. Por aquella época las drogas comenzaban a circular a nuestro alrededor y esa película era como un aliciente que nos instigaba y justificaba a partes iguales. Supongo que cuando eres un adolescente necesitas ese tipo de estímulos, de manera que no creo que inventásemos nada. Sólo años más tarde, cuando la cosa pareció sosegarse, me leí el libro. Por entonces mi amigo Gonza se había convertido en un fervoroso fan de Irvine Welsh y poco a poco se había hecho con toda su producción. Le gustaba el estilo directo, descarnado y satírico que empleaba. Le resultaba fácil de leer. Cuando me pasó la novela la leí en apenas una semana. Comprobé que era bastante diferente de lo que había visto en la pantalla. Había diferencias significativas en cuanto a los personajes principales y las historias que contaba, muchos más profusas y retorcidas que en la filmación. En líneas generales me gustaron, tanto el libro como la película, a pesar de que del primero apenas recuerdo vagos retazos. Era como si fueran diferentes: dos maneras distintas de contar historias más o menos semejantes.

Esta mañana me he levantado pronto, como suelo hacer todos los sábados, y he finiquitado las últimas cien páginas que me quedaban por leer de Porno. Lo he dejado sobre la mesa y me he puesto delante de la pantalla para proceder como acostumbro cada vez que termino una lectura que merece la pena ser disertada.

Porno es la secuela de Trainspotting. La historia comienza pasada una década desde que Mark Renton diese el palo a sus colegas tras aquel chanchullo en el que se vieron involucrados. Diez años en los que han pasado muchas cosas que en realidad no han hecho cambiar nada. Las cosas siguen exactamente igual que entonces, salvo pequeñas nimiedades que no hacen más que confirmar lo dicho. La novela, además, practica los mismos derroteros de fondo calidoscópico en que los personajes van sucediéndose en una narración en primera persona, logrando que ésta adquiera el sentido de puzle narrativo habitual en la obra de Welsh. Un Spud mas hecho polvo que nunca, inverso igual que hace una década en el trasiego drogadicto y nervioso que entonces le era propio, al borde de la hecatombe y del fracaso como pareja y padre y del que a pesar de todo una incierta e infantil esperanza le empuja misteriosamente hacia delante. Mark Renton, oculto tras la fachada anónima de una nueva vida que no le colma en Ámsterdam, se siente tentado de regresar a Edimburgo aún a sabiendas de que allí es probable que se encuentre con el fantasma de un pasado que le vendrá a pedir cuentas. Un Frank Begbie recién salido de la trena, más esquizoide y paranoico que nunca, inverso en un in crescendo de locura pandemónica y dispuesto a saldar esas viejas cuentas para nada olvidadas. Un Sick Boy —quizás la voz prominente en el relato— quien ha acendrado el pulimento de una maldad interesada y manipuladora y cuya construcción psicológica logra aproximarse con una exactitud que asusta a esta naturaleza nuestra tan propia del tiempo que nos ha tocado vivir y de la que particularmente los adolescentes beben amorrados al gollete de las botellas de coca-cola.

A todos ellos se les une una caterva de nuevos y viejos personajes entre los que destacan Nikki, una atractiva universitaria que trabaja en una casa de masajes y que la vida cruza como por casualidad en el frenético torbellino psicotrópico de la historia y por la que se desenvuelve como pez en el agua; o Dianne, vieja conocida y amante de Renton en el viejo Trainspotting que ahora reaparece con la madurez que adquieren los años y sin perder un ápice el sarcasmo vitalista de antaño. En fin, todo una caterva, como decía, de personajes sacados de las viñetas del Jueves y enfrascados en una historia que gira en torno a la grabación, producción y distribución de una película pornográfica de un cutrerío sólo comparable con unas vidas empeñadas en demostrar lo contrario.

Por momentos la historia da la sensación de excederse en páginas y acontecimientos a los que el lector no consigue arrostrar la chispa de entonces. Pero, sin embargo, su lectura no deja de resultar entretenida y en parte eso lo logra por la naturaleza del estilo que utiliza: directo, barriobajero y exquisito a partes iguales. Es fácil advertir qué personaje lleva la voz cantante en cada uno de los pasajes en que se divide la obra sólo con atender al lenguaje que emplea y sin que su nombre necesariamente aparezca en el relato: rabioso y recargado de blasfemias repetitivas para Begbie; un nerviosismo indeciso para Spud; retorcido e ingenioso en el caso de Sick Boy; y en cambio más sosegado, taimado incluso, para Renton y en parte también para Nikki. Welsh es un maestro en este sentido y aquí lo vuelve a lograr con creces. En otro orden de cosas, la novela engancha al desplegar una sátira enloquecida que vierte en sus páginas un fresco expresionista y falsamente exagerado de la realidad social (¿qué es la sátira, sino esto?). Los personajes esgrimen conductas más habituales de lo que en principio pueda parecer y eso convierte a Welsh en un escritor de su tiempo; en un escritor, quizá, demasiado centrado en su tiempo, con los inconvenientes que la posteridad siempre ha contemplado para este tipo de casos.

Welsh es escocés, además. Dato que sería baladí si no fuera porque escribe de acuerdo a su dialecto materno, perdiéndose gran parte de su fuerza, ironía y dobles sentidos en la traducción por muy buena que ésta sea y de hecho lo parezca. Pero con eso y con todo Porno me ha gustado, y lo sé porque ha sido la típica lectura que me ha mantenido en vilo hasta altas horas de la madrugada y que he tenido la necesidad de retomar en momentos del día poco propicios para ello. Distintivos, sin duda, más que suficientes para darle las gracias de nuevo a mi amigo Gonza y dedicarle esta reseña.