jueves, 1 de julio de 2010

CUANDO UNO CRUZA EL RUBICÓN (Pero sigo siendo el rey, Carlos Salem, editorial Salto de página, Madrid, 2009)


Alguien, no recuerdo quién, me habló del Bukowski. Un pequeño bareto que está en Madrid, en la angosta calle San Vicente Ferrer que une dos de las principales arterias que delimitan el barrio de Malasaña: Fuencarral y San Bernardo. Soy, no lo voy a negar, un provinciano; por eso cuando me propuse llegar hasta allí me costó dios y ayuda encontrar la dirección correcta. Era un domingo a primera hora de la noche y a pesar de tratarse de Madrid no había mucha gente por la calle. Cuando me decidí definitivamente perdido y estaba a punto de capitular, me di la vuelta y allí estaba el letrero: bar Bukowski club, punto de encuentro cultural. Lo primero que hice fue pedir una cerveza de tercio que me supo a victoria. Lo siguiente fue acomodarme en uno de los taburetes junto al extremo de la barra más próximo a la salida y deleitarme con el atrezo y la parroquia. Tampoco había mucha gente allí dentro. Tan solo unos cuantos solitarios como yo y una cuadrilla de chicas sentadas en la tarima del fondo, junto a un atril sostenido por dos piernas de maniquí y un micrófono en el lateral.

A la tercera cerveza en punto, quien me las había servido, un tipo ancho con perilla y voz grave que no paraba de fumar y estaba ataviado con un pañuelo como de pirata en la cabeza, salió de la barra y se subió a la tarima, encendió el micro y tras el pitido exhausto de un acople dijo algo así como que la jam session de relatos iba a comenzar. Dijo también algunos nombres: aquéllos que saldrían a la palestra a leer sus garabatos y luego se bajo y empezó el baile.

No recuero mucho más de aquella noche. Los tipos se sucedieron frente al atril en un intervalo que me llevó otras tres cervezas exactas. Cuando pedí la cuenta y me disponía a largarme, el tipo con aspecto de pirata salió de nuevo a la tarima, desplegó un fardo de folios y se soltó con un par de relatos breves. Tampoco recuerdo de qué iban, tan solo que me gustaron, sonaron frescos, límpidos y además recitados en el tono adecuado, como jovial, como con un cierto y a la vez falso desinterés. Cuando terminó todos aplaudieron, yo también, recogí mis cosas de la barra y me largué del Bukowski.

Unas semanas más tarde, tirado frente al televisor una noche de verano, me lo volví a encontrar. Estaba de contertulio en ese programa de casposos exégetas literarios que presenta Sánchez Dragó. Me llamó la atención su presencia, así que le presté toda la que tenía. De entre todo ellos, Carlos Salem, que es así como se llamaba el pirata, parecía el más cabal de todos ellos. Había sido invitado al programa para promocionar una novela que recientemente había publicado cuya temática podría etiquetarse de negra. Sentí curiosidad y a la mañana siguiente fui a la librería de mi amigo Pepe y me lo compré junto con otra novela que había editado un año antes. Camino de ida y Matar y guardar la ropa son sus nombres. Los devoré. Me encantaron.

Así que no me lo pensé dos veces cuando no hace mucho me enteré de que había publicado su tercera obra, Pero sigo siendo el rey, y volví donde Pepe y me hice con ella. Aquí, Salem regresa por los derroteros de la novela negra, un formato que domina y al que su narrativa larga parece abocada. Pero por suerte no se detiene en las meras formas del género: como los buenos escritores, se pertrecha de un diagnóstico para subvertirlo después; disfraza lo que tiene que decir de unas hopalandas que hacen cómoda y fluida su lectura. Pero también hay algo de mágico en ella. Algo mágico en el sentido más literario del término y que sospecho el autor ha heredado de su prístina formación (Salem es de origen argentino, y no es difícil percibir ciertos visos de realismo mágico no sólo aquí sino también en las otras dos novelas que la preceden): personajes como sacados de la chistera de un mago, situaciones de una absurdez delirante, escenarios espacio-temporales violentados, triangulaciones inesperadas entre primeras y terceras voces narrativas. Y todo ello sin perder un ritmo directo y conciso, estructurado en pequeños capítulos cuyo final siempre es una cremallera que te hilvana inevitablemente al siguiente. Salem engancha porque escribe con la ingenuidad de quien conoce la vida a fondo y no por ello deja de sorprenderse a cada instante, invitando al lector a ello, lo que le convierte en último término en un escritor generoso, porque él no desentraña las cosas, las deja allí para que uno las recoja, para que haga la lectura que más le convenga y esté preparado mientras el texto continúa salpicándose de metáforas de una intensidad reveladora.

Pero sigo siendo el rey es una novela de personajes cuyo cometido en la vida no parece ser otro en realidad que el de purgar sus castigos. El detective marloweiano Arregui, unido por la fatal casualidad al destino de otro hombre, un tal Juan Carlos, se lanza a una carrera sin tiempo ni espacio, o con el tiempo y el espacio dados literalmente la vuelta, en busca de las razones que pertrechan los miedos del pasado para enfrentarlos y quién sabe si lograr al fin derrotarlos. Necesito saber quién era para decidir quién quiero ser…, reza una de las líneas. Eso es precisamente lo que hacen sus personajes: buscar en el pasado —como si éste fuera un lugar al cual poder regresar— aquel niño que se pudo haber sido y ya no se recuerda; buscar en el pasado las raíces que arrostran la identidad que somos; buscar en el pasado para saber dónde está y de esa manera lograr huir definitivamente de él. Y es que sólo se puede cruzar el Rubicón una vez, y cuando lo haces ya no hay vuelta atrás posible. Ese río, para cada persona, tiene un nombre diferente. Pero para todas ellas marca un límite, un baldío peligroso, una frontera más allá de la cual lo que hay es una necesidad que se desconoce. Pero necesaria.

Éste es el viaje que te propone Pero sigo siendo el rey. En él te encontrarás con viejos personajes de sus dos novelas anteriores cuyos cameos hacen que su lectura motive aún más y que le otorga un cierto halo de final de trilogía. Súbete: estás invitado. Aunque te advierto que los mejores viajes son siempre aquéllos en los que cada paso que das es, en sí mismo, una propuesta de destino diferente.

sábado, 12 de junio de 2010

LOS MEJORES POEMAS SON SIEMPRE LOS QUE NO NECESITAN SER EXPLICADOS (Palabra sobre palabra, Ángel González, Seix Barral, Barcelona, 2008)


Era enero y recuerdo que habíamos pasado la noche haciendo el amor y leyendo poemas de Ángel González. A la mañana siguiente, extrañamente temprano para ser un sábado, salí de la cama, me vestí sin hacer demasiado ruido y me largué a casa donde me esperaba un buen fajo de exámenes cuya urgente corrección me reclamaba desde hacía varios días. Horas más tarde, mientras comía, sonó el teléfono en el salón. Era ella:

—Se ha muerto—dijo.

—¿Quién?— pregunté.

—Él. Se ha muerto Ángel González. Anoche. Enciende el televisor; lo están contando ahora en el telediario.

Eso hice y era cierto. Había muerto la noche anterior a causa de una insuficiencia respiratoria, probablemente en el preciso instante en que sus poemas fueron declamados casi en un susurro por alguno de nosotros, o mientras nos aovillábamos bajo la manta buscando la manera más exacta de complacer nuestros cuerpos. Una casualidad, después de todo. Pero que me ha acompañado desde entonces como una obsesión, en parte porque aquellos días de invierno quedan ya muy lejos y en parte porque la poesía de Ángel González, como un viejo hogar al que se regresa, siempre ha estado allí, visita ineludible, maestro y cicerone preferido entre maestros y cicerones.

El invierno pasado, justamente el mismo día en que se cumplía el segundo aniversario de su muerte, me quise regalar su obra completa. La encontré en Seix Barral y Palabra sobre palabra es su título. Aquí la tengo, junto a mi regazo, llena de anotaciones y pequeños pósit, desmenuzada tras una larga, reflexiva y placentera lectura que me ha tenido ocupado prácticamente un mes, tras haber paladeado cada poema, cada verso y cada palabra a pequeños sorbos, como un sumiller que disfrutase descubriendo el cromatismo de sensaciones tras la cata de un buen vino macerado en viejas barricas, no permitiéndome la lectura prolongada de más de diez o quince poemas seguidos, regresando atrás, avanzando sin ningún tipo de prisa, con la laxa pero irrefrenable armonía de una ola sobre el océano, como siempre uno debe de leer poesía.

Si algo he aprendido de Ángel González es que los mejores poemas son siempre los que no necesitan ser explicados, los que entran por los ojos como un vaso de agua fresca en verano y te atraviesan el corazón con un relámpago de vida que te eriza los pelos y te sitúa al borde del llanto y la emoción, sin renunciar por ello a un lenguaje accesible no exento de la precisión de las más bellas figuras literarias. Al señor González le debemos el empeño todavía inconcluso de humanizar el lenguaje poético, de hacerlo transitable; algo a lo que sin duda se abocó desde el preciso instante en que clavó por vez primera la pluma sobre la página. Uno no tiene más que leer Palabra sobre palabra para confirmarlo. Toda su obra es un canto en defensa de la palabra clara, provocadora, fiel, exacta...; algo que aprendemos quienes tratamos de enfrentamos a la vida de tú a tú, sin ambages, lanzando mordiscos directos al cuello donde la sangre inquieta espera a salpicar la vida.

Desde luego que la cosa ya apuntaba buenas maneras cuando hacia mitad del siglo pasado vieron la luz Áspero mundo y Sin esperanza con convencimiento, sus primeros poemarios y donde yo creo que radica su esencia más estricta y cautivadora, donde versos como la enloquecida / fuerza del desaliento, o en medio / de la cruel retirada de las cosas, o mi corazón es / crisol donde se funden / contrariedades con contradicciones te abofetean la cara para besártela tiernamente después. En ellos, el poeta aborda algunas de sus mayores y contagiosas obsesiones: la espera, el paso del tiempo, la esperanza puesta en un esquivo porvenir que no llega. Las décadas de los años sesenta y setenta le sirvieron en cambio para dar rienda a sus pocas veces reconocido vitalismo: poemas de contenido social investidos de ironía que ocultan un discurso a veces flirteando con el Marxismo más propio de su generación (Grado elemental y Procedimientos narrativos), bellos poemas cargados de intensidad casi saliniana donde el amor es presentado como la fe de los que son incapaces de creer en otra cosa (Palabra sobre palabra), o metáforas imprevistas a través de las cuales la fragilidad que sostiene todo enarbola una belleza contradictoria (Breves anotaciones para una biografía). A partir de Prosema o menos, ya en los ochenta y durante los noventa, los poemas llegan como en cuentagotas, en ellos parece como si ese vitalismo se esfumara lentamente para dejar paso a contenidos más reflexivos propios de la madurez, más preocupados por la forma pero sin desdeñar un contenido donde lo perecedero de la memoria sigue latiendo si cabe con mayor intensidad: solamente un olvido le atormenta: / después, antes… ¿de qué?, esas pequeñas certezas que hacen que la vida en cambio / corte como un cuchillo.

La obra poética de Ángel González se completa con un libro que no se incluye en esta edición: Nada grave. Un poemario que encontró su viuda entre sus archivos poco después de su muerte y que publicó Visor en una edición exquisita en el año 2008. Allí uno puede encontrar a un hombre asediado por el aliento cercano de la muerte, vencido pero lúcido, abocado pero con convencimiento… Este poemario llego a mí de manos de aquella mujer con la que hice el amor y leí sus poemas la noche en que Ángel González cerró los ojos a este áspero y acariciado mundo, y a la que no tengo por menos que dedicar esta reseña (porque te sigo queriendo, pequeñaja) y el poema que a continuación sigue:


HOY

Hoy todo me conduce a su contrario:
el olor de la rosa me entierra en sus raíces,
el despertar me arroja a un sueño diferente,
existo, luego muero.

Todo sucede ahora en un orden estricto:
los alacranes comen de mis manos,
las palomas me muerden las entrañas,
los vientos más helados me encienden las mejillas.

Hoy es así mi vida.
Me alimento del hambre.
Odio a quien amo.

Cuando me muerdo, un sol recién nacido
me mancha de amarillo los párpados por dentro.

Bajo su luz, cogidos de la mano,
tú y yo retrocedemos desandando los días
hasta que al fin logramos perdernos en la nada.

domingo, 9 de mayo de 2010

SI HAY ALGO MÁS REALISTA QUE ESTO, HÁZMELO SABER Y CALLARÉ (Si me necesitas, llámame, Raymond Carver, Anagrama, Barcelona, 2010)


No recuerdo muy bien dónde adquirí Short cuts, aunque creo que fue en Valladolid hace ya bastantes años. El caso es que era lo primero que leía de Carver y recuerdo que me puse una noche manos a la obra cuando ya todos se habían acostado. Encendí la lámpara del salón, me lié un cigarrillo y empecé a pasar páginas como poseído. Al poco rato comprendí que todo lo que había escuchado y leído sobre Carver antes se desvelaba como irrefutablemente cierto. El empalme de los pelos de los brazos me duró hasta la página sesenta y cinco. En ese momento, cuando fui a pasar a la siguiente, me di cuenta de que algo no cuadraba. Era como si el discurso se hubiera desvanecido en cuestión de un instante. Luego me fijé en la numeración de la página y entendí de qué iba el asunto. La edición que había pillado tenía una errata de imprenta: de la sesenta y cinco pasaba a la página noventa y ocho sin solución de continuidad. Maldije a los dioses, a la zorra que me vendió el libro y sobre todo a mí por no haber conservado el ticket de compra. Arrojé al tarado al otro extremo del sofá, apagué la luz y me fui a dormir con un cabreo considerable.

Aun tengo el Short cuts tullido. Nunca lo he reemplazado por la edición buena. Hasta hace unos días pensé que era lo único que me quedaba por leer de Raymond Carver, hasta que entré en la librería de mi amigo Pepe y vi un ejemplar que desconocía: Si me necesitas, llámame. Lo compré y nada más hacerlo me tomé la molestia de contar, una a una, las páginas. Por si las moscas, ya sabes.

Si me necesitas es una breve colección de relatos que la viuda de Carver, Tess Gallagher, encontró en los documentos del escritor años después de su fallecimiento, justamente cuando ella daba por concluida la publicación póstuma de su obra íntegra. Se trata de cinco relatos, dos de los cuales inéditos y los otros tres publicados con ciertas variaciones en revistas a caballo entre finales de los setenta y principios de los ochenta. Relatos que, según indica la sinopsis, Carver descartó en vida debido a su alto contenido autobiográfico; aspecto que confirma Gallagher en el epílogo que se ha incluido al final de esta edición y que uno, por poco conocimiento que tenga de su biografía, ratifica una vez leídos.

En ellos, el lector vuelve a reencontrarse con el Carver que conoce y lo sedujo. La misma sencillez minimalista que construye historias como sacadas de un álbum de fotografías en que uno puede fácilmente reconocerse. Historias a través de las cuales uno vuelve a experimentar esa sensación entre divina, diabólica y desconcertante que sobreviene al concluir los relatos, pensando en por qué demonios acaban allí, así…, en lugar de continuar página tras página hasta morir de viejos. Y es que el realismo de Carver es tan exacto que por eso mismo confunde (quien te diga que comprende la realidad o es un lunático o intenta engañarte). Raymond Carver coge las palabras y las pone una detrás de otra hasta que juntas componen una puerta que se abre a la sospecha, y que el lector atraviesa para recrear las inciertas verdades que el relato calla: el pasado de unos personajes devastados por la vida y la angustia lacerante que late en el fondo de sus almas. A diferencia de tantos otros escritores cuyas voces omniscientes desentrañan hasta el tamaño de las uñas de sus personajes, Carver se limita a dar pistas, pequeñas y vagas sensaciones que el lector recoge como agua de lluvia y que dotan a su escritura de un misterio apasionado, dramático y sobre todo real. Nunca se llega a comprender del todo a sus personajes, las conductas que esgrimen, las resoluciones que adoptan; como tampoco se llega nunca a comprender del todo a nadie en esta vida…; si hay algo más realista que esto, házmelo saber y callaré.

Parafraseando a la propia Gallagher, el valor de estas obras no sólo radica en su conjunto, sino también en los pequeños detalles. Efectivamente los argumentos que construyen Si me necesitas (como el resto de su producción en prosa) parecen sacados de fotografías aparentemente baladíes. Sin embargo, lo importante en ellos no es lo que cuentan, sino lo que se intuye; esas pequeñas verdades que cimientan la vida misma y a las que no solemos prestar la debida atención. Verdades que por frágiles e insospechadas van a lo corriente, a lo habitual, para en ellas mecer la vida de unos personajes a medio camino entre la destrucción y la salvación (de ahí la constante presencia del fuego en su obra). Por ello mismo Carver emplea un lenguaje cuya forma rehúye la exuberancia y se recrea en la brevedad oracional. Porque lo esencial radica en la desnudez de las palabras, y en este sentido hay muy pocos escritores que brillen. Carver, al contrario, supera el grado de la destreza.

Si me necesitas, llámame es un libro que cierra un camino que, por casualidades de esa misma vida que tanto le obsesionaba, a los lectores de Raymond Carver siempre nos parecerá excesivamente breve, como sus propios relatos, quizá. Y al que especialmente tenía ganas de dar cuenta aquí, pues no en vano la idea de escribir reseñas la saqué de uno de sus libros, así como la idea de escribir en general. Raymond Carver es uno de mis maestros y por ello mismo le doy las gracias. Allá donde quiera que esté.

sábado, 1 de mayo de 2010

¿QUÉ ES LA SÁTIRA, SINO ESTO? (Porno, Irvine Welsh, Anagrama, Barcelona, 2005)


Estuve repasando hace unas semanas la película de Traisnpotting y entonces me acordé de que hará un año, más o menos, mi amigo Gonza llamó a mi puerta y me regaló el libro de Porno. “Toma, esto es para ti”, dijo. No festejábamos nada, tampoco era mi cumpleaños, ni celebrábamos efemérides alguna. “Pasé por la librería para comprarme algo y lo vi y me apeteció que lo leyeses”. “¡Qué bueno, chaval!”, le dije y lo guardé en las estanterías. La verdad es que no me había apetecido hincarle el diente hasta el otro día, cuando terminé de ver por cuarta o quinta vez Trainspotting. Recuerdo que la película me gustó bastante. La vi con mis amigos en el cine cuando apenas era un adolescente. Nos encantó a todos. Uno de ellos la compró en VHS y cada cierto tiempo solíamos quedar en su casa para degustarla como un vino añejo. Nos sentíamos identificados, o mejor dicho, queríamos sentirnos identificados. Por aquella época las drogas comenzaban a circular a nuestro alrededor y esa película era como un aliciente que nos instigaba y justificaba a partes iguales. Supongo que cuando eres un adolescente necesitas ese tipo de estímulos, de manera que no creo que inventásemos nada. Sólo años más tarde, cuando la cosa pareció sosegarse, me leí el libro. Por entonces mi amigo Gonza se había convertido en un fervoroso fan de Irvine Welsh y poco a poco se había hecho con toda su producción. Le gustaba el estilo directo, descarnado y satírico que empleaba. Le resultaba fácil de leer. Cuando me pasó la novela la leí en apenas una semana. Comprobé que era bastante diferente de lo que había visto en la pantalla. Había diferencias significativas en cuanto a los personajes principales y las historias que contaba, muchos más profusas y retorcidas que en la filmación. En líneas generales me gustaron, tanto el libro como la película, a pesar de que del primero apenas recuerdo vagos retazos. Era como si fueran diferentes: dos maneras distintas de contar historias más o menos semejantes.

Esta mañana me he levantado pronto, como suelo hacer todos los sábados, y he finiquitado las últimas cien páginas que me quedaban por leer de Porno. Lo he dejado sobre la mesa y me he puesto delante de la pantalla para proceder como acostumbro cada vez que termino una lectura que merece la pena ser disertada.

Porno es la secuela de Trainspotting. La historia comienza pasada una década desde que Mark Renton diese el palo a sus colegas tras aquel chanchullo en el que se vieron involucrados. Diez años en los que han pasado muchas cosas que en realidad no han hecho cambiar nada. Las cosas siguen exactamente igual que entonces, salvo pequeñas nimiedades que no hacen más que confirmar lo dicho. La novela, además, practica los mismos derroteros de fondo calidoscópico en que los personajes van sucediéndose en una narración en primera persona, logrando que ésta adquiera el sentido de puzle narrativo habitual en la obra de Welsh. Un Spud mas hecho polvo que nunca, inverso igual que hace una década en el trasiego drogadicto y nervioso que entonces le era propio, al borde de la hecatombe y del fracaso como pareja y padre y del que a pesar de todo una incierta e infantil esperanza le empuja misteriosamente hacia delante. Mark Renton, oculto tras la fachada anónima de una nueva vida que no le colma en Ámsterdam, se siente tentado de regresar a Edimburgo aún a sabiendas de que allí es probable que se encuentre con el fantasma de un pasado que le vendrá a pedir cuentas. Un Frank Begbie recién salido de la trena, más esquizoide y paranoico que nunca, inverso en un in crescendo de locura pandemónica y dispuesto a saldar esas viejas cuentas para nada olvidadas. Un Sick Boy —quizás la voz prominente en el relato— quien ha acendrado el pulimento de una maldad interesada y manipuladora y cuya construcción psicológica logra aproximarse con una exactitud que asusta a esta naturaleza nuestra tan propia del tiempo que nos ha tocado vivir y de la que particularmente los adolescentes beben amorrados al gollete de las botellas de coca-cola.

A todos ellos se les une una caterva de nuevos y viejos personajes entre los que destacan Nikki, una atractiva universitaria que trabaja en una casa de masajes y que la vida cruza como por casualidad en el frenético torbellino psicotrópico de la historia y por la que se desenvuelve como pez en el agua; o Dianne, vieja conocida y amante de Renton en el viejo Trainspotting que ahora reaparece con la madurez que adquieren los años y sin perder un ápice el sarcasmo vitalista de antaño. En fin, todo una caterva, como decía, de personajes sacados de las viñetas del Jueves y enfrascados en una historia que gira en torno a la grabación, producción y distribución de una película pornográfica de un cutrerío sólo comparable con unas vidas empeñadas en demostrar lo contrario.

Por momentos la historia da la sensación de excederse en páginas y acontecimientos a los que el lector no consigue arrostrar la chispa de entonces. Pero, sin embargo, su lectura no deja de resultar entretenida y en parte eso lo logra por la naturaleza del estilo que utiliza: directo, barriobajero y exquisito a partes iguales. Es fácil advertir qué personaje lleva la voz cantante en cada uno de los pasajes en que se divide la obra sólo con atender al lenguaje que emplea y sin que su nombre necesariamente aparezca en el relato: rabioso y recargado de blasfemias repetitivas para Begbie; un nerviosismo indeciso para Spud; retorcido e ingenioso en el caso de Sick Boy; y en cambio más sosegado, taimado incluso, para Renton y en parte también para Nikki. Welsh es un maestro en este sentido y aquí lo vuelve a lograr con creces. En otro orden de cosas, la novela engancha al desplegar una sátira enloquecida que vierte en sus páginas un fresco expresionista y falsamente exagerado de la realidad social (¿qué es la sátira, sino esto?). Los personajes esgrimen conductas más habituales de lo que en principio pueda parecer y eso convierte a Welsh en un escritor de su tiempo; en un escritor, quizá, demasiado centrado en su tiempo, con los inconvenientes que la posteridad siempre ha contemplado para este tipo de casos.

Welsh es escocés, además. Dato que sería baladí si no fuera porque escribe de acuerdo a su dialecto materno, perdiéndose gran parte de su fuerza, ironía y dobles sentidos en la traducción por muy buena que ésta sea y de hecho lo parezca. Pero con eso y con todo Porno me ha gustado, y lo sé porque ha sido la típica lectura que me ha mantenido en vilo hasta altas horas de la madrugada y que he tenido la necesidad de retomar en momentos del día poco propicios para ello. Distintivos, sin duda, más que suficientes para darle las gracias de nuevo a mi amigo Gonza y dedicarle esta reseña.

viernes, 26 de marzo de 2010

CUANDO LA NOVELA NEGRA ES UNA EXCUSA (El interior del bosque, Eugenio Fuentes, Tusquets Editores, Barcelona, 2008)


El problema de acumular tantos libros es doble. Por un lado, está el consabido incordio de tener que embalarlos en cajas y desplazarlos cada vez que uno se muda de alojamiento. Por otro lado, está su acumulación en sí. Uno almacena libros que van apilándose en las estanterías como abstraído por ese fetichismo que Marx denominaba de la mercancía. Montones de páginas encuadernadas que acumulan polvo y polillas mientras el tiempo pasa y nuevos ejemplares se van sumando a esa letanía que ahoga y constriñe el espacio de tu casa. Entretanto, es normal que ciertas adquisiciones pasen desapercibidas incluso antes de haber sido leídas o incluso dando por sentado una lectura que nunca existió. Eso es precisamente lo que me pasó la semana pasada con El interior del Bosque, un libro que compré hará año y medio y del que me había desentendido totalmente. Me fijé en él limpiando el polvo una mañana. Lo cogí, vi que sus tapas permanecían lisas, sin un ápice de arruga o pliegue que denotara la lectura. Lo abrí; sus páginas inmaculadas, sin la acostumbrada laceración de la mina de un lápiz, me confirmaron la sospecha. Terminé aquella mañana con mis tráfagos y me senté en el salón. Abrí la primera página, leí las primeras palabras, las primeras líneas. Creo que fue alrededor de las ocho y media cuando cerré el libro. Por la última página.

Su autor es Eugenio Fuentes (Cáceres, 1958). El libro pertenece a una saga de publicaciones que el escritor circunscribe en torno a un personaje, Ricardo Cupido; detective privado encargado de desentrañar el misterio de los crímenes que normalmente suceden en la ciudad de Breda. En esta ocasión, el hilo argumental de El interior del Bosque tiene origen en el brutal asesinato de Gloria, una mujer joven y atractiva cuyo cuerpo aparece inerte en el interior de la reserva natural del El Paternóster. Las pesquisas de Cupido lo conducen por un ambiente truculento en el que la variedad de personajes que aparecen en escena mantienen un denominador común que los convierte en posibles sospechosos. Ese denominador común es la imagen distorsionada que cada uno va fabricando de Gloria, según la dibuje la cobardía, el amor o la calumnia. Una mujer como iluminada por un reflejo que ciega y que provoca en las personas de su entorno un abanico de pasiones e impulsos tan peligrosos como incontrolables.

No es muy difícil encontrarse con mujeres así. Pero lo que no es tan fácil es describir con exactitud ese reflejo distorsionado que provocan. Fuentes lo consigue. De manera que cuando uno se adentra en sus páginas la sensación de estar ante un espejo lo sobrecoge hasta el ridículo. Eugenio Fuentes reduce al hombre a sus pasiones, razón por la que este libro supera la barrera del propio marbete, el de la novela negra. O dicho de otra manera, el autor se vale del género para contar algo que va más allá del propio género: la novela negra como mera excusa, como un motivo superfluo que acelera un viaje a través de la psique humana, para asomarse a la intimidad de los otros, hurgar en las heridas para terminar descubriendo el virus que las infecta o la pus que generan. Y todo sin alterar las formas, guardando un respetuoso proceder en los arquetipos habituales: empezando por una trama que gira alrededor de un crimen y los quiebros en su investigación; la exacta medición de un ritmo que atrapa; la complicidad que el narrador entabla con el lector; la aparición de un personaje clave —no ya en esta obra, sino en la saga Cupido en general— como el Alkalino, alter ego del protagonista que lo cose a una realidad de la que Cupido se siente tentado de abandonar y que recuerda otros nombres magistrales como Biscuter de Montalbán o Anne Riordan de Chandler o Adrianí de Márkaris.

Pero Fuentes es un narrador por encima de etiquetas y conductas. Uno de los novelistas españoles, junto con Andreu Martín, más acertados en el panorama literario actual. Detrás de su obra se encuentra un trabajo de documentación que sorprende por su madurez y perfeccionamiento y que demuestra la ingente labor que entre bastidores debe llevar a cabo todo aquel que desea contar una historia. El interior del bosque es una novela calidoscópica que, aunque relatada desde la omnisciencia de un narrador, no se priva de ponerle voz y sobre todo sentimiento a los personajes que arrastra el flujo argumental y a los que concede la dádiva de una pequeña parcela de protagonismo que resulta imprescindible.

Quizá, cuando uno lee a Eugenio Fuentes, le sobrecoge la idea de que el hombre es un animal inocente y de que su culpabilidad no es tal; sólo la consecuencia lógica que sucede al prostituir su naturaleza animal por otra más compleja y paradójicamente absurda. Su naturaleza humana.

viernes, 19 de marzo de 2010

DESNUDANDO AL HOMBRE HASTA DE SU PROPIA PIEL (Sembrado hogueras, David González, bartleby Editores, Madrid, 2001)


La idea era en realidad escribir sobre otra cosa. Sobre Pérez-Reverte y su libro La sombra del águila. Pero ya se sabe lo que pasa con los libros que uno lee por compromiso. No son lecturas que eliges. Tampoco son libros que deciden aparecer en tu vida como si tal cosa, como si llevaran tiempo buscando el momento de tropezarse contigo y zancadillearte la existencia. Las lecturas que uno hace por compromiso las lee sin más, buscando únicamente satisfacer el deseo y la expectativa de quien te las ha presentado. La sombra del águila me lo regaló alguien que ni siquiera me conoce, ya que de hacerlo sabría perfectamente que a mí nunca se me puede regalar un libro. Pero el caso es que me lo leí la otra tarde, mientras regresaba en tren de un viaje por el sur. Lo leí bajo una descomunal resaca y cuando llegué a la última página cerré el libro y miré el reloj. Faltaba menos de media hora para llegar a Atocha. En seguida me di cuenta de que eso sería únicamente lo que en una reseña podría decir de él. De manera que no perderé más tiempo.

Mientras hacía esto —leer a Pérez-Reverte, me refiero— tenía en la mochila de viaje otro librillo. De poemas. De David González. Sembrando hogueras, se llama.

No soy muy ducho en el manejo de las nuevas tecnologías. La informática es un mundo que se escapa por completo a mi paciencia. Con la red pasa tres cuartos de lo mismo. El correo, algo de pornografía, algún que otro blogs y poco más. Sin embargo, recientemente he descubierto el mundo de las librerías digitales. Un extraordinario y peligroso espacio donde es fácil conseguir todo tipo de libros que en las librerías tradicionales resulta complicado si no imposible. Iberlibro, por ejemplo. Tecleas lo que persigues en el buscador y en cuestión de segundos aparece en la pantalla una relación de títulos y librerías. Luego, cuando haces la selección, rellenas los datos personales y bancarios y en una semana tienes el pedido asomando por la ranura de tu buzón. Algo extraordinario, como decía, pero también peligroso. Parafraseando a Chandler, este asunto está consiguiendo que mi cuenta bancaria bese el suelo sin necesidad de agacharse.

Una de mis adquisiciones más recientes ha sido precisamente Sembrando hogueras.

A David González lo sigo desde hace bastante tiempo. Es un buen escritor, gran poeta y relatista. Pero como suele suceder con los buenos escritores, los de verdad, sus libros no sirven de reclamo en las librerías más corrientes. Hacerse con ellos es complicado. De una tacada compré cuatro el otro día, como te decía. Tres de ellos ya me los había leído, sacados de bibliotecas públicas. El cuarto, Sembrando, no ha hecho más que confirmar lo que has leído al principio de este párrafo.

Si David González es un buen escritor es porque sabe hacer las cosas con una elegante sencillez, logrando con ello desnudar al hombre hasta de su propia piel. Sus poemas no son las típicas ensoñaciones visionarias que tanto gustan a los que quieren confundir y optan para ello por la poesía. Sus poemas son excursiones por la vida. Un paseo cuyo recorrido lo marcan atracciones aparentemente tan poco atractivas como una vieja carbonería, la cárcel o una covacha que hace las veces de hogar y cuyas ventanas dan a un callejón sin salida. No se olvida tampoco de los ecuménicos temas de siempre. El amor, el sufrimiento, la soledad. La muerte, en último término. Pero el método que emplea no se recrea en ambages ni exuberancias líricas. Cuenta las cosas tal cual son. Porque así, tal como unos ojos corrientes pueden observarlas, son lo suficientemente bellas y dramáticas como para no tergiversarlas con palabras ni artificios de más.

En todo caso, este falso realismo es más verosimilitud que otra cosa. Muchas de sus composiciones las cierran versos que abren una puerta al vacío por donde el lector cae sin otra posibilidad que volver a retomar el poema desde el principio. Y lo maravilloso de todo es que cuando lo hace y llega al final, la historia se repite; deslizándose en una pátina de sensaciones confusas y envolventes llenas de interrogantes. Porque esa es la esencia: preguntas que no tienen respuesta o que la respuesta es esa misma pregunta. Sus poemas no son realistas. Son verosímiles.

No me resulta cómodo hablar de escuelas o tendencias o generaciones. Pero lo cierto es que a David González fácilmente se le puede inscribir en la órbita de otros autores españoles que practican un tipo de poesía nueva. Empleando las palabras de Isla Correyero, un tipo de poesía radical, marginal y heterodoxa. Marbete en el que caben firmas como Miriam Reyes, Jesús Llorente, Antonio Orihuela, Eladio Orta, Violeta C. Rangel (algún día hablaremos de ella…) o la propia Correyero. Un tipo de poesía que rejuvenece el “patio de universidad” en el que se ha convertido —si no lo era ya antes— un país tradicionalmente dado a los versos.

Sembrando hogueras se inicia con un verso suelto: la única manera de escribir un poema es formar parte del poema. En realidad todos sus poemas se inician con citas, ajenas normalmente, que el autor explica de ese modo: versos sueltos. Algunos cierto es que dejan indiferentes. Pero otros en cambio te acuchillan hasta las cejas, dejándote perplejo y prevenido para lo que viene y que rara vez decepciona. Como este de Douglas Coupland: comprendo que no soy una persona feliz y que a lo mejor nunca lo seré, que introduce el poema La sabiduría del esclavo y que aquí reproduzco como final a la reseña:


LA SABIDURÍA DEL ESCLAVO

se necesitan muy pocas cosas para ser feliz.
eres guapo, joven, alto, inteligente,
tienes salud,
un trabajo estable,
coche…
lo tienes todo para ser feliz, sin embargo,
añadía mi madre, no lo eres.

(además,
nunca me faltaba dinero para comprar
libros, discos, sellos, ropa, drogas, cintas de vídeo,
en fin, cualquier capricho que se me antojase).

no lo eres, no eres feliz, repetía mi madre.
¿por qué?, me preguntaba, ¿por qué?

y ahora,

que voy a pie a todos los sitios,
que carezco de medios para ganarme la vida,
que la salud ya no forma parte de los brindis,

ahora, digo, es suficiente

conque no me falte el tabaco,
con tener la cena a tiempo,
con oír la voz de mi madre, o de mi padre,
a través del teléfono.

suficiente

con sentir los pasos de mi novia
subiendo por la escalera cuando regresa,
a altas horas de la madrugada,
de su trabajo en el bar.

me conformo

conque algunas tardes, no todas,
por la única ventana de mi casa,
entre

el sol.

sábado, 27 de febrero de 2010

EL ANIMAL HERIDO (Afuera canta un mirlo, Roger Wolfe, editorial Huacanamo, Barcelona, 2009)


Corría la primavera de 2001. Era un día soleado –hasta caluroso– de finales del mes de abril…

Por esas fechas, coincidiendo con el aniversario de mi nacimiento, siempre he tenido por costumbre bajar a la ciudad y regalarme, en alguno de los puestos de la tradicional feria del libro que desde hace décadas ocupa una de las calles céntricas de mi ciudad natal, alguno de los ejemplares que en mi paseo habitual me llamaran la atención. Aquel año me decidí por una pequeña antología que había editado Cátedra apenas un año antes: Poesía española reciente (1980-2000). Un buen libro, después de todo. Me sirvió para poner cierto orden en lo que hasta ese momento era una formación literaria diletante y arbitraria. Descubrí a los nuevos bardos de la poesía en mi lengua vernácula. Descubrí a Abelardo Linares, Blanca Andreu, Juan Manuel Bonet, Luis García Montero, Vicente Gallego, Felipe Benítez Reyes, etc… Un buen libro, ya lo dije. La selección de los poemas iba precedida por una pequeña biografía donde el editor explicaba la naturaleza poética de cada uno de los autores: influencias, temáticas, tipo de estrofa y de verso, tradición, escuela…; una reducida exégesis que a modo de pródromo invitaba a una lectura racional del poeta en cuestión.

De todos ellos, sin embargo, hubo uno que me llamó especialmente la atención. En principio por el nombre, Roger (Wolfe, su apellido); antítesis del castizo nombre castellano con el que normalmente son bautizados los hijos de mi país. Primero pensé en una errata, luego me aventuré en la lectura y comprendí que el tal Wolfe era un inglés de nacimiento que escribía en castellano desde que a los pocos años de nacer arribó a España para quedarse en ella de una manera prolongada.

Mi primera sensación fue parecida al recelo, o a una rabia contenida. Sus poemas me gustaban. Sus poemas me gustaban mucho. Eran frescos, directos, fáciles de leer, diáfanos. Decía lo que decía de un modo traslúcido, minimalista, falsamente espontáneo. Yo por entonces practicaba la lectura de un tipo de poesía diferente, más umbrosa, muy estimulada por el clasicismo decimonónico francés. Pero lo peor que llevaba era que el tipo fuera inglés. Un prejuicio seudopatriótico que me impelía hacia una cierta terquedad. Pero después de todo soy un tipo fácil, al menos en un sentido artístico, y cuando algo me gusta, me gusta hasta las entrañas y me dejo llevar como una adolescente enamorada. Que fue lo que pasó entonces.

Sin yo a penas darme cuenta, Wolfe se convirtió en uno de los autores a los que más recurría. Pronto descubrí que no sólo se trataba de un poeta. Era, en realidad, lo que él llamaba, un escritor total. Practicaba la novela, el relato, el artículo periodístico, el ensayo-ficción (género inventado por él), el diario. En dos años devoré su obra (tarde tanto por lo difícil que era localizar sus libros en bibliotecas y librerías). Y no sólo eso. También Wolfe se convirtió en mi particular Virgilio a la hora de adentrarme en un tipo de literatura que hasta ese momento desconocía: Carver, Saroyan, Bukowski, Chandler, Maugham, Cioran…, así como autores españoles totalmente desconocidos para mí, como David González, Iribarren o Andreu Martín por nombrar alguno de ellos.

Han pasado nueve años desde entonces. Desde que aquel día leí por primera vez un poema de Wolfe, concretamente Música de recámara, de su poemario Hablando de pintura con un ciego. Nueve años en los que su sombra se ha erguido siempre, dando cobijo a las no pocas horas que he pasado imbuido en su lectura o en la lectura de alguno de los autores que a bien tuvo presentarme. Nueve años en los que los lectores habituales del autor no hemos podido disfrutar de material fresco. Hasta ahora, cuando en enero del presente año salió a la venta su nuevo poemario, Afuera canta un mirlo.

El arte es el reflejo más exacto de la vida y del tiempo que le ha tocado vivir a un hombre. Ahora, en Afuera, Wolfe es un hombre maduro, taciturno como ha sido siempre aunque más contemplativo, si cabe. Un hombre que pasa las horas preguntándose/por el sentido de las cosas, deleitándose a pesar de todo con la belleza marchita de un mundo que se acaba, empleando para ello las estrategias del arte, del ejercicio estrictamente solitario de la escritura y su proceso, y en la que tan sólo un huevo –por ejemplo–/chisporroteando/en una sartén llena de aceite constituye un motivo que sublima la esencia de la más absurda e incomprensible existencia, la nuestra.

Hay en Afuera algo que no se encuentra en el resto de su obra. Y es precisamente esa madurez. Mientras que en Días perdidos en los transportes públicos o en Hablando de pintura con un ciego, uno podía encontrar versos como lanzados por una cerbatana al corazón del hombre. Lo que ahora se descubren son versos taimados, que invitan a una lectura sumamente lenta y reflexiva, donde el resentimiento ha dejado paso a una abnegación que ilumina pero que por eso mismo hiere con la misma fiereza de un animal herido. El hombre que escribe estos versos hace tiempo que perdió la última batalla en una guerra que a todos nos atañe, la de la vida. Por ello, cualquier motivo, por insignificante que éste sea o precisamente cuanto más insignificante sea, sirve metódicamente para expresar la duda, el desconcierto, la sinrazón.

Siempre he creído firmemente que la poesía es un mal necesario. Mal, porque nos desnuda en un mundo poblado de lobos. Necesario, porque nos redime como humanos. Wolfe lo sabe y lo practica, haciendo gala de un lirismo que destroza los arquetipos de la poesía.

Y para muestra, un poema:

TREGUA

Las tres
de la mañana.
El mundo
está en suspenso.
El día y sus asuntos
son un periódico de ayer.
No existen los teléfonos
ni el cáncer
ni el recibo de la luz.
Sólo un poso de café
en el fondo de una taza.
La ceniza de un cigarro
en el platillo.
Y este jirón
de humo adormilado
que flota un momento
y se disipa
en el aire de la habitación.