domingo, 9 de mayo de 2010

SI HAY ALGO MÁS REALISTA QUE ESTO, HÁZMELO SABER Y CALLARÉ (Si me necesitas, llámame, Raymond Carver, Anagrama, Barcelona, 2010)


No recuerdo muy bien dónde adquirí Short cuts, aunque creo que fue en Valladolid hace ya bastantes años. El caso es que era lo primero que leía de Carver y recuerdo que me puse una noche manos a la obra cuando ya todos se habían acostado. Encendí la lámpara del salón, me lié un cigarrillo y empecé a pasar páginas como poseído. Al poco rato comprendí que todo lo que había escuchado y leído sobre Carver antes se desvelaba como irrefutablemente cierto. El empalme de los pelos de los brazos me duró hasta la página sesenta y cinco. En ese momento, cuando fui a pasar a la siguiente, me di cuenta de que algo no cuadraba. Era como si el discurso se hubiera desvanecido en cuestión de un instante. Luego me fijé en la numeración de la página y entendí de qué iba el asunto. La edición que había pillado tenía una errata de imprenta: de la sesenta y cinco pasaba a la página noventa y ocho sin solución de continuidad. Maldije a los dioses, a la zorra que me vendió el libro y sobre todo a mí por no haber conservado el ticket de compra. Arrojé al tarado al otro extremo del sofá, apagué la luz y me fui a dormir con un cabreo considerable.

Aun tengo el Short cuts tullido. Nunca lo he reemplazado por la edición buena. Hasta hace unos días pensé que era lo único que me quedaba por leer de Raymond Carver, hasta que entré en la librería de mi amigo Pepe y vi un ejemplar que desconocía: Si me necesitas, llámame. Lo compré y nada más hacerlo me tomé la molestia de contar, una a una, las páginas. Por si las moscas, ya sabes.

Si me necesitas es una breve colección de relatos que la viuda de Carver, Tess Gallagher, encontró en los documentos del escritor años después de su fallecimiento, justamente cuando ella daba por concluida la publicación póstuma de su obra íntegra. Se trata de cinco relatos, dos de los cuales inéditos y los otros tres publicados con ciertas variaciones en revistas a caballo entre finales de los setenta y principios de los ochenta. Relatos que, según indica la sinopsis, Carver descartó en vida debido a su alto contenido autobiográfico; aspecto que confirma Gallagher en el epílogo que se ha incluido al final de esta edición y que uno, por poco conocimiento que tenga de su biografía, ratifica una vez leídos.

En ellos, el lector vuelve a reencontrarse con el Carver que conoce y lo sedujo. La misma sencillez minimalista que construye historias como sacadas de un álbum de fotografías en que uno puede fácilmente reconocerse. Historias a través de las cuales uno vuelve a experimentar esa sensación entre divina, diabólica y desconcertante que sobreviene al concluir los relatos, pensando en por qué demonios acaban allí, así…, en lugar de continuar página tras página hasta morir de viejos. Y es que el realismo de Carver es tan exacto que por eso mismo confunde (quien te diga que comprende la realidad o es un lunático o intenta engañarte). Raymond Carver coge las palabras y las pone una detrás de otra hasta que juntas componen una puerta que se abre a la sospecha, y que el lector atraviesa para recrear las inciertas verdades que el relato calla: el pasado de unos personajes devastados por la vida y la angustia lacerante que late en el fondo de sus almas. A diferencia de tantos otros escritores cuyas voces omniscientes desentrañan hasta el tamaño de las uñas de sus personajes, Carver se limita a dar pistas, pequeñas y vagas sensaciones que el lector recoge como agua de lluvia y que dotan a su escritura de un misterio apasionado, dramático y sobre todo real. Nunca se llega a comprender del todo a sus personajes, las conductas que esgrimen, las resoluciones que adoptan; como tampoco se llega nunca a comprender del todo a nadie en esta vida…; si hay algo más realista que esto, házmelo saber y callaré.

Parafraseando a la propia Gallagher, el valor de estas obras no sólo radica en su conjunto, sino también en los pequeños detalles. Efectivamente los argumentos que construyen Si me necesitas (como el resto de su producción en prosa) parecen sacados de fotografías aparentemente baladíes. Sin embargo, lo importante en ellos no es lo que cuentan, sino lo que se intuye; esas pequeñas verdades que cimientan la vida misma y a las que no solemos prestar la debida atención. Verdades que por frágiles e insospechadas van a lo corriente, a lo habitual, para en ellas mecer la vida de unos personajes a medio camino entre la destrucción y la salvación (de ahí la constante presencia del fuego en su obra). Por ello mismo Carver emplea un lenguaje cuya forma rehúye la exuberancia y se recrea en la brevedad oracional. Porque lo esencial radica en la desnudez de las palabras, y en este sentido hay muy pocos escritores que brillen. Carver, al contrario, supera el grado de la destreza.

Si me necesitas, llámame es un libro que cierra un camino que, por casualidades de esa misma vida que tanto le obsesionaba, a los lectores de Raymond Carver siempre nos parecerá excesivamente breve, como sus propios relatos, quizá. Y al que especialmente tenía ganas de dar cuenta aquí, pues no en vano la idea de escribir reseñas la saqué de uno de sus libros, así como la idea de escribir en general. Raymond Carver es uno de mis maestros y por ello mismo le doy las gracias. Allá donde quiera que esté.

sábado, 1 de mayo de 2010

¿QUÉ ES LA SÁTIRA, SINO ESTO? (Porno, Irvine Welsh, Anagrama, Barcelona, 2005)


Estuve repasando hace unas semanas la película de Traisnpotting y entonces me acordé de que hará un año, más o menos, mi amigo Gonza llamó a mi puerta y me regaló el libro de Porno. “Toma, esto es para ti”, dijo. No festejábamos nada, tampoco era mi cumpleaños, ni celebrábamos efemérides alguna. “Pasé por la librería para comprarme algo y lo vi y me apeteció que lo leyeses”. “¡Qué bueno, chaval!”, le dije y lo guardé en las estanterías. La verdad es que no me había apetecido hincarle el diente hasta el otro día, cuando terminé de ver por cuarta o quinta vez Trainspotting. Recuerdo que la película me gustó bastante. La vi con mis amigos en el cine cuando apenas era un adolescente. Nos encantó a todos. Uno de ellos la compró en VHS y cada cierto tiempo solíamos quedar en su casa para degustarla como un vino añejo. Nos sentíamos identificados, o mejor dicho, queríamos sentirnos identificados. Por aquella época las drogas comenzaban a circular a nuestro alrededor y esa película era como un aliciente que nos instigaba y justificaba a partes iguales. Supongo que cuando eres un adolescente necesitas ese tipo de estímulos, de manera que no creo que inventásemos nada. Sólo años más tarde, cuando la cosa pareció sosegarse, me leí el libro. Por entonces mi amigo Gonza se había convertido en un fervoroso fan de Irvine Welsh y poco a poco se había hecho con toda su producción. Le gustaba el estilo directo, descarnado y satírico que empleaba. Le resultaba fácil de leer. Cuando me pasó la novela la leí en apenas una semana. Comprobé que era bastante diferente de lo que había visto en la pantalla. Había diferencias significativas en cuanto a los personajes principales y las historias que contaba, muchos más profusas y retorcidas que en la filmación. En líneas generales me gustaron, tanto el libro como la película, a pesar de que del primero apenas recuerdo vagos retazos. Era como si fueran diferentes: dos maneras distintas de contar historias más o menos semejantes.

Esta mañana me he levantado pronto, como suelo hacer todos los sábados, y he finiquitado las últimas cien páginas que me quedaban por leer de Porno. Lo he dejado sobre la mesa y me he puesto delante de la pantalla para proceder como acostumbro cada vez que termino una lectura que merece la pena ser disertada.

Porno es la secuela de Trainspotting. La historia comienza pasada una década desde que Mark Renton diese el palo a sus colegas tras aquel chanchullo en el que se vieron involucrados. Diez años en los que han pasado muchas cosas que en realidad no han hecho cambiar nada. Las cosas siguen exactamente igual que entonces, salvo pequeñas nimiedades que no hacen más que confirmar lo dicho. La novela, además, practica los mismos derroteros de fondo calidoscópico en que los personajes van sucediéndose en una narración en primera persona, logrando que ésta adquiera el sentido de puzle narrativo habitual en la obra de Welsh. Un Spud mas hecho polvo que nunca, inverso igual que hace una década en el trasiego drogadicto y nervioso que entonces le era propio, al borde de la hecatombe y del fracaso como pareja y padre y del que a pesar de todo una incierta e infantil esperanza le empuja misteriosamente hacia delante. Mark Renton, oculto tras la fachada anónima de una nueva vida que no le colma en Ámsterdam, se siente tentado de regresar a Edimburgo aún a sabiendas de que allí es probable que se encuentre con el fantasma de un pasado que le vendrá a pedir cuentas. Un Frank Begbie recién salido de la trena, más esquizoide y paranoico que nunca, inverso en un in crescendo de locura pandemónica y dispuesto a saldar esas viejas cuentas para nada olvidadas. Un Sick Boy —quizás la voz prominente en el relato— quien ha acendrado el pulimento de una maldad interesada y manipuladora y cuya construcción psicológica logra aproximarse con una exactitud que asusta a esta naturaleza nuestra tan propia del tiempo que nos ha tocado vivir y de la que particularmente los adolescentes beben amorrados al gollete de las botellas de coca-cola.

A todos ellos se les une una caterva de nuevos y viejos personajes entre los que destacan Nikki, una atractiva universitaria que trabaja en una casa de masajes y que la vida cruza como por casualidad en el frenético torbellino psicotrópico de la historia y por la que se desenvuelve como pez en el agua; o Dianne, vieja conocida y amante de Renton en el viejo Trainspotting que ahora reaparece con la madurez que adquieren los años y sin perder un ápice el sarcasmo vitalista de antaño. En fin, todo una caterva, como decía, de personajes sacados de las viñetas del Jueves y enfrascados en una historia que gira en torno a la grabación, producción y distribución de una película pornográfica de un cutrerío sólo comparable con unas vidas empeñadas en demostrar lo contrario.

Por momentos la historia da la sensación de excederse en páginas y acontecimientos a los que el lector no consigue arrostrar la chispa de entonces. Pero, sin embargo, su lectura no deja de resultar entretenida y en parte eso lo logra por la naturaleza del estilo que utiliza: directo, barriobajero y exquisito a partes iguales. Es fácil advertir qué personaje lleva la voz cantante en cada uno de los pasajes en que se divide la obra sólo con atender al lenguaje que emplea y sin que su nombre necesariamente aparezca en el relato: rabioso y recargado de blasfemias repetitivas para Begbie; un nerviosismo indeciso para Spud; retorcido e ingenioso en el caso de Sick Boy; y en cambio más sosegado, taimado incluso, para Renton y en parte también para Nikki. Welsh es un maestro en este sentido y aquí lo vuelve a lograr con creces. En otro orden de cosas, la novela engancha al desplegar una sátira enloquecida que vierte en sus páginas un fresco expresionista y falsamente exagerado de la realidad social (¿qué es la sátira, sino esto?). Los personajes esgrimen conductas más habituales de lo que en principio pueda parecer y eso convierte a Welsh en un escritor de su tiempo; en un escritor, quizá, demasiado centrado en su tiempo, con los inconvenientes que la posteridad siempre ha contemplado para este tipo de casos.

Welsh es escocés, además. Dato que sería baladí si no fuera porque escribe de acuerdo a su dialecto materno, perdiéndose gran parte de su fuerza, ironía y dobles sentidos en la traducción por muy buena que ésta sea y de hecho lo parezca. Pero con eso y con todo Porno me ha gustado, y lo sé porque ha sido la típica lectura que me ha mantenido en vilo hasta altas horas de la madrugada y que he tenido la necesidad de retomar en momentos del día poco propicios para ello. Distintivos, sin duda, más que suficientes para darle las gracias de nuevo a mi amigo Gonza y dedicarle esta reseña.

viernes, 26 de marzo de 2010

CUANDO LA NOVELA NEGRA ES UNA EXCUSA (El interior del bosque, Eugenio Fuentes, Tusquets Editores, Barcelona, 2008)


El problema de acumular tantos libros es doble. Por un lado, está el consabido incordio de tener que embalarlos en cajas y desplazarlos cada vez que uno se muda de alojamiento. Por otro lado, está su acumulación en sí. Uno almacena libros que van apilándose en las estanterías como abstraído por ese fetichismo que Marx denominaba de la mercancía. Montones de páginas encuadernadas que acumulan polvo y polillas mientras el tiempo pasa y nuevos ejemplares se van sumando a esa letanía que ahoga y constriñe el espacio de tu casa. Entretanto, es normal que ciertas adquisiciones pasen desapercibidas incluso antes de haber sido leídas o incluso dando por sentado una lectura que nunca existió. Eso es precisamente lo que me pasó la semana pasada con El interior del Bosque, un libro que compré hará año y medio y del que me había desentendido totalmente. Me fijé en él limpiando el polvo una mañana. Lo cogí, vi que sus tapas permanecían lisas, sin un ápice de arruga o pliegue que denotara la lectura. Lo abrí; sus páginas inmaculadas, sin la acostumbrada laceración de la mina de un lápiz, me confirmaron la sospecha. Terminé aquella mañana con mis tráfagos y me senté en el salón. Abrí la primera página, leí las primeras palabras, las primeras líneas. Creo que fue alrededor de las ocho y media cuando cerré el libro. Por la última página.

Su autor es Eugenio Fuentes (Cáceres, 1958). El libro pertenece a una saga de publicaciones que el escritor circunscribe en torno a un personaje, Ricardo Cupido; detective privado encargado de desentrañar el misterio de los crímenes que normalmente suceden en la ciudad de Breda. En esta ocasión, el hilo argumental de El interior del Bosque tiene origen en el brutal asesinato de Gloria, una mujer joven y atractiva cuyo cuerpo aparece inerte en el interior de la reserva natural del El Paternóster. Las pesquisas de Cupido lo conducen por un ambiente truculento en el que la variedad de personajes que aparecen en escena mantienen un denominador común que los convierte en posibles sospechosos. Ese denominador común es la imagen distorsionada que cada uno va fabricando de Gloria, según la dibuje la cobardía, el amor o la calumnia. Una mujer como iluminada por un reflejo que ciega y que provoca en las personas de su entorno un abanico de pasiones e impulsos tan peligrosos como incontrolables.

No es muy difícil encontrarse con mujeres así. Pero lo que no es tan fácil es describir con exactitud ese reflejo distorsionado que provocan. Fuentes lo consigue. De manera que cuando uno se adentra en sus páginas la sensación de estar ante un espejo lo sobrecoge hasta el ridículo. Eugenio Fuentes reduce al hombre a sus pasiones, razón por la que este libro supera la barrera del propio marbete, el de la novela negra. O dicho de otra manera, el autor se vale del género para contar algo que va más allá del propio género: la novela negra como mera excusa, como un motivo superfluo que acelera un viaje a través de la psique humana, para asomarse a la intimidad de los otros, hurgar en las heridas para terminar descubriendo el virus que las infecta o la pus que generan. Y todo sin alterar las formas, guardando un respetuoso proceder en los arquetipos habituales: empezando por una trama que gira alrededor de un crimen y los quiebros en su investigación; la exacta medición de un ritmo que atrapa; la complicidad que el narrador entabla con el lector; la aparición de un personaje clave —no ya en esta obra, sino en la saga Cupido en general— como el Alkalino, alter ego del protagonista que lo cose a una realidad de la que Cupido se siente tentado de abandonar y que recuerda otros nombres magistrales como Biscuter de Montalbán o Anne Riordan de Chandler o Adrianí de Márkaris.

Pero Fuentes es un narrador por encima de etiquetas y conductas. Uno de los novelistas españoles, junto con Andreu Martín, más acertados en el panorama literario actual. Detrás de su obra se encuentra un trabajo de documentación que sorprende por su madurez y perfeccionamiento y que demuestra la ingente labor que entre bastidores debe llevar a cabo todo aquel que desea contar una historia. El interior del bosque es una novela calidoscópica que, aunque relatada desde la omnisciencia de un narrador, no se priva de ponerle voz y sobre todo sentimiento a los personajes que arrastra el flujo argumental y a los que concede la dádiva de una pequeña parcela de protagonismo que resulta imprescindible.

Quizá, cuando uno lee a Eugenio Fuentes, le sobrecoge la idea de que el hombre es un animal inocente y de que su culpabilidad no es tal; sólo la consecuencia lógica que sucede al prostituir su naturaleza animal por otra más compleja y paradójicamente absurda. Su naturaleza humana.

viernes, 19 de marzo de 2010

DESNUDANDO AL HOMBRE HASTA DE SU PROPIA PIEL (Sembrado hogueras, David González, bartleby Editores, Madrid, 2001)


La idea era en realidad escribir sobre otra cosa. Sobre Pérez-Reverte y su libro La sombra del águila. Pero ya se sabe lo que pasa con los libros que uno lee por compromiso. No son lecturas que eliges. Tampoco son libros que deciden aparecer en tu vida como si tal cosa, como si llevaran tiempo buscando el momento de tropezarse contigo y zancadillearte la existencia. Las lecturas que uno hace por compromiso las lee sin más, buscando únicamente satisfacer el deseo y la expectativa de quien te las ha presentado. La sombra del águila me lo regaló alguien que ni siquiera me conoce, ya que de hacerlo sabría perfectamente que a mí nunca se me puede regalar un libro. Pero el caso es que me lo leí la otra tarde, mientras regresaba en tren de un viaje por el sur. Lo leí bajo una descomunal resaca y cuando llegué a la última página cerré el libro y miré el reloj. Faltaba menos de media hora para llegar a Atocha. En seguida me di cuenta de que eso sería únicamente lo que en una reseña podría decir de él. De manera que no perderé más tiempo.

Mientras hacía esto —leer a Pérez-Reverte, me refiero— tenía en la mochila de viaje otro librillo. De poemas. De David González. Sembrando hogueras, se llama.

No soy muy ducho en el manejo de las nuevas tecnologías. La informática es un mundo que se escapa por completo a mi paciencia. Con la red pasa tres cuartos de lo mismo. El correo, algo de pornografía, algún que otro blogs y poco más. Sin embargo, recientemente he descubierto el mundo de las librerías digitales. Un extraordinario y peligroso espacio donde es fácil conseguir todo tipo de libros que en las librerías tradicionales resulta complicado si no imposible. Iberlibro, por ejemplo. Tecleas lo que persigues en el buscador y en cuestión de segundos aparece en la pantalla una relación de títulos y librerías. Luego, cuando haces la selección, rellenas los datos personales y bancarios y en una semana tienes el pedido asomando por la ranura de tu buzón. Algo extraordinario, como decía, pero también peligroso. Parafraseando a Chandler, este asunto está consiguiendo que mi cuenta bancaria bese el suelo sin necesidad de agacharse.

Una de mis adquisiciones más recientes ha sido precisamente Sembrando hogueras.

A David González lo sigo desde hace bastante tiempo. Es un buen escritor, gran poeta y relatista. Pero como suele suceder con los buenos escritores, los de verdad, sus libros no sirven de reclamo en las librerías más corrientes. Hacerse con ellos es complicado. De una tacada compré cuatro el otro día, como te decía. Tres de ellos ya me los había leído, sacados de bibliotecas públicas. El cuarto, Sembrando, no ha hecho más que confirmar lo que has leído al principio de este párrafo.

Si David González es un buen escritor es porque sabe hacer las cosas con una elegante sencillez, logrando con ello desnudar al hombre hasta de su propia piel. Sus poemas no son las típicas ensoñaciones visionarias que tanto gustan a los que quieren confundir y optan para ello por la poesía. Sus poemas son excursiones por la vida. Un paseo cuyo recorrido lo marcan atracciones aparentemente tan poco atractivas como una vieja carbonería, la cárcel o una covacha que hace las veces de hogar y cuyas ventanas dan a un callejón sin salida. No se olvida tampoco de los ecuménicos temas de siempre. El amor, el sufrimiento, la soledad. La muerte, en último término. Pero el método que emplea no se recrea en ambages ni exuberancias líricas. Cuenta las cosas tal cual son. Porque así, tal como unos ojos corrientes pueden observarlas, son lo suficientemente bellas y dramáticas como para no tergiversarlas con palabras ni artificios de más.

En todo caso, este falso realismo es más verosimilitud que otra cosa. Muchas de sus composiciones las cierran versos que abren una puerta al vacío por donde el lector cae sin otra posibilidad que volver a retomar el poema desde el principio. Y lo maravilloso de todo es que cuando lo hace y llega al final, la historia se repite; deslizándose en una pátina de sensaciones confusas y envolventes llenas de interrogantes. Porque esa es la esencia: preguntas que no tienen respuesta o que la respuesta es esa misma pregunta. Sus poemas no son realistas. Son verosímiles.

No me resulta cómodo hablar de escuelas o tendencias o generaciones. Pero lo cierto es que a David González fácilmente se le puede inscribir en la órbita de otros autores españoles que practican un tipo de poesía nueva. Empleando las palabras de Isla Correyero, un tipo de poesía radical, marginal y heterodoxa. Marbete en el que caben firmas como Miriam Reyes, Jesús Llorente, Antonio Orihuela, Eladio Orta, Violeta C. Rangel (algún día hablaremos de ella…) o la propia Correyero. Un tipo de poesía que rejuvenece el “patio de universidad” en el que se ha convertido —si no lo era ya antes— un país tradicionalmente dado a los versos.

Sembrando hogueras se inicia con un verso suelto: la única manera de escribir un poema es formar parte del poema. En realidad todos sus poemas se inician con citas, ajenas normalmente, que el autor explica de ese modo: versos sueltos. Algunos cierto es que dejan indiferentes. Pero otros en cambio te acuchillan hasta las cejas, dejándote perplejo y prevenido para lo que viene y que rara vez decepciona. Como este de Douglas Coupland: comprendo que no soy una persona feliz y que a lo mejor nunca lo seré, que introduce el poema La sabiduría del esclavo y que aquí reproduzco como final a la reseña:


LA SABIDURÍA DEL ESCLAVO

se necesitan muy pocas cosas para ser feliz.
eres guapo, joven, alto, inteligente,
tienes salud,
un trabajo estable,
coche…
lo tienes todo para ser feliz, sin embargo,
añadía mi madre, no lo eres.

(además,
nunca me faltaba dinero para comprar
libros, discos, sellos, ropa, drogas, cintas de vídeo,
en fin, cualquier capricho que se me antojase).

no lo eres, no eres feliz, repetía mi madre.
¿por qué?, me preguntaba, ¿por qué?

y ahora,

que voy a pie a todos los sitios,
que carezco de medios para ganarme la vida,
que la salud ya no forma parte de los brindis,

ahora, digo, es suficiente

conque no me falte el tabaco,
con tener la cena a tiempo,
con oír la voz de mi madre, o de mi padre,
a través del teléfono.

suficiente

con sentir los pasos de mi novia
subiendo por la escalera cuando regresa,
a altas horas de la madrugada,
de su trabajo en el bar.

me conformo

conque algunas tardes, no todas,
por la única ventana de mi casa,
entre

el sol.

sábado, 27 de febrero de 2010

EL ANIMAL HERIDO (Afuera canta un mirlo, Roger Wolfe, editorial Huacanamo, Barcelona, 2009)


Corría la primavera de 2001. Era un día soleado –hasta caluroso– de finales del mes de abril…

Por esas fechas, coincidiendo con el aniversario de mi nacimiento, siempre he tenido por costumbre bajar a la ciudad y regalarme, en alguno de los puestos de la tradicional feria del libro que desde hace décadas ocupa una de las calles céntricas de mi ciudad natal, alguno de los ejemplares que en mi paseo habitual me llamaran la atención. Aquel año me decidí por una pequeña antología que había editado Cátedra apenas un año antes: Poesía española reciente (1980-2000). Un buen libro, después de todo. Me sirvió para poner cierto orden en lo que hasta ese momento era una formación literaria diletante y arbitraria. Descubrí a los nuevos bardos de la poesía en mi lengua vernácula. Descubrí a Abelardo Linares, Blanca Andreu, Juan Manuel Bonet, Luis García Montero, Vicente Gallego, Felipe Benítez Reyes, etc… Un buen libro, ya lo dije. La selección de los poemas iba precedida por una pequeña biografía donde el editor explicaba la naturaleza poética de cada uno de los autores: influencias, temáticas, tipo de estrofa y de verso, tradición, escuela…; una reducida exégesis que a modo de pródromo invitaba a una lectura racional del poeta en cuestión.

De todos ellos, sin embargo, hubo uno que me llamó especialmente la atención. En principio por el nombre, Roger (Wolfe, su apellido); antítesis del castizo nombre castellano con el que normalmente son bautizados los hijos de mi país. Primero pensé en una errata, luego me aventuré en la lectura y comprendí que el tal Wolfe era un inglés de nacimiento que escribía en castellano desde que a los pocos años de nacer arribó a España para quedarse en ella de una manera prolongada.

Mi primera sensación fue parecida al recelo, o a una rabia contenida. Sus poemas me gustaban. Sus poemas me gustaban mucho. Eran frescos, directos, fáciles de leer, diáfanos. Decía lo que decía de un modo traslúcido, minimalista, falsamente espontáneo. Yo por entonces practicaba la lectura de un tipo de poesía diferente, más umbrosa, muy estimulada por el clasicismo decimonónico francés. Pero lo peor que llevaba era que el tipo fuera inglés. Un prejuicio seudopatriótico que me impelía hacia una cierta terquedad. Pero después de todo soy un tipo fácil, al menos en un sentido artístico, y cuando algo me gusta, me gusta hasta las entrañas y me dejo llevar como una adolescente enamorada. Que fue lo que pasó entonces.

Sin yo a penas darme cuenta, Wolfe se convirtió en uno de los autores a los que más recurría. Pronto descubrí que no sólo se trataba de un poeta. Era, en realidad, lo que él llamaba, un escritor total. Practicaba la novela, el relato, el artículo periodístico, el ensayo-ficción (género inventado por él), el diario. En dos años devoré su obra (tarde tanto por lo difícil que era localizar sus libros en bibliotecas y librerías). Y no sólo eso. También Wolfe se convirtió en mi particular Virgilio a la hora de adentrarme en un tipo de literatura que hasta ese momento desconocía: Carver, Saroyan, Bukowski, Chandler, Maugham, Cioran…, así como autores españoles totalmente desconocidos para mí, como David González, Iribarren o Andreu Martín por nombrar alguno de ellos.

Han pasado nueve años desde entonces. Desde que aquel día leí por primera vez un poema de Wolfe, concretamente Música de recámara, de su poemario Hablando de pintura con un ciego. Nueve años en los que su sombra se ha erguido siempre, dando cobijo a las no pocas horas que he pasado imbuido en su lectura o en la lectura de alguno de los autores que a bien tuvo presentarme. Nueve años en los que los lectores habituales del autor no hemos podido disfrutar de material fresco. Hasta ahora, cuando en enero del presente año salió a la venta su nuevo poemario, Afuera canta un mirlo.

El arte es el reflejo más exacto de la vida y del tiempo que le ha tocado vivir a un hombre. Ahora, en Afuera, Wolfe es un hombre maduro, taciturno como ha sido siempre aunque más contemplativo, si cabe. Un hombre que pasa las horas preguntándose/por el sentido de las cosas, deleitándose a pesar de todo con la belleza marchita de un mundo que se acaba, empleando para ello las estrategias del arte, del ejercicio estrictamente solitario de la escritura y su proceso, y en la que tan sólo un huevo –por ejemplo–/chisporroteando/en una sartén llena de aceite constituye un motivo que sublima la esencia de la más absurda e incomprensible existencia, la nuestra.

Hay en Afuera algo que no se encuentra en el resto de su obra. Y es precisamente esa madurez. Mientras que en Días perdidos en los transportes públicos o en Hablando de pintura con un ciego, uno podía encontrar versos como lanzados por una cerbatana al corazón del hombre. Lo que ahora se descubren son versos taimados, que invitan a una lectura sumamente lenta y reflexiva, donde el resentimiento ha dejado paso a una abnegación que ilumina pero que por eso mismo hiere con la misma fiereza de un animal herido. El hombre que escribe estos versos hace tiempo que perdió la última batalla en una guerra que a todos nos atañe, la de la vida. Por ello, cualquier motivo, por insignificante que éste sea o precisamente cuanto más insignificante sea, sirve metódicamente para expresar la duda, el desconcierto, la sinrazón.

Siempre he creído firmemente que la poesía es un mal necesario. Mal, porque nos desnuda en un mundo poblado de lobos. Necesario, porque nos redime como humanos. Wolfe lo sabe y lo practica, haciendo gala de un lirismo que destroza los arquetipos de la poesía.

Y para muestra, un poema:

TREGUA

Las tres
de la mañana.
El mundo
está en suspenso.
El día y sus asuntos
son un periódico de ayer.
No existen los teléfonos
ni el cáncer
ni el recibo de la luz.
Sólo un poso de café
en el fondo de una taza.
La ceniza de un cigarro
en el platillo.
Y este jirón
de humo adormilado
que flota un momento
y se disipa
en el aire de la habitación.

sábado, 13 de febrero de 2010

TODOS QUEREMOS SER MARLOWE (Todo Marlowe, Raymond Chandler, RBA Libros, Barcelona, 2009)


A menudo, se tiene a la novela negra como uno más de los géneros menores de la literatura. Si bien, esto está cambiando en los últimos tiempos, pues cada vez es mayor el número de publicaciones y autores que no vacilan en adentrarse en un género al que el mercado editorial da la mano como en muy contados casos. La librerías amontonan en sus estanterías colecciones enteras dedicadas al género; a bombo y platillo son anunciados estrenos que el público-lector devorará sin la menor cautela; certámenes de jugosas recompensas y dudoso criterio y credibilidad nacen auspiciados por el fervor de la moda negra; autores de variada raigambre deciden adoptar sus formas, su estilo, su naturaleza…; sobreviniendo un resultado intrigante, aunque no en el sentido que ellos quisieran.

Esto, que a priori parece una bendición, es, en realidad, un arma de doble filo. Pues, huelga decir, lo necesario que es distinguir literatura de la mercantilización de la palabra escrita; que es, como lector aventajado que soy, lo que mucho temo que está sucediendo hoy en día.

Menos mal que de vez en cuando -todo hay que decirlo- a los gerifaltes editoriales les da por renunciar a su ilustrada ceguera y lanzar al mercado joyas como la reedición completa de la producción novelística del más grande escritor de novela negra de todos los tiempos y posiblemente uno de los más grandes escritores de NOVELA (con mayúsculas) de la literatura universal: Raymond Chandler.

Aquí la tengo, sostenida en mi regazo, la obra completa. Más de 1.300 páginas de gloria encuadernada con la que mi muy amada madre me sorprendió hace unas semanas al llegar a su casa. Nada celebrábamos, sólo: “lo vi y pensé que te gustaría tenerlo”. Creo que nunca antes había besado tanto a mi madre. Qué Dios la bendiga. Por el presente y por haberme permitido rememorar sensaciones de hace ya algún tiempo y que creía enterradas para siempre en el pasado. Releer a Chandler ha sido como regresar sobre mí y sobre una vida en la que fui feliz después de todo. Valladolid, las frías tardes del invierno con la cencellada acechando tras los cristales, el soniquete del calefactor en un salón silencioso y Chandler, siempre Chandler. En fin, creo que me estoy poniendo melindroso…

No voy a hacerle justicia a Raymond; porque sencillamente me sería imposible. Cuando alguien consigue tocarte la fibra, erizarte hasta el último pelo de tu cuerpo por el simple arte de contar bien las cosas, resulta extremadamente difícil guardar la compostura y escribir con objetividad. Pero como tampoco lo pretendo, no veo tal problema.

Chandler es la fuente prístina de la que bebe todo escritor que decide probar suerte en el género. En consecuencia, es fácil hacerse a la idea del ingente alcance que su obra ha tenido. Algo así como el coma en los cometas, que diluye en el espacio una infinidad de partículas de una belleza marchita mientras el astro continúa su particular peregrinaje por la galaxia, indiferente al inexorable paso del tiempo.

Chandler empezó tarde a escribir, en torno a los 40. Si a esto le añadimos que era sumamente detallista y cuidadoso de cada palabra que empleaba, es fácil entender que su ritmo de producción fuese extremadamente lento. El resultado, tras cerca de treinta años de profesión, fueron siete novelas y un puñado de relatos cortos que, aunque exiguos, sirvieron sobradamente para sentar cátedra en la historia de las letras universales. Y eso, a pesar del ignominioso silencio con el que ha sido tratado por la cúpula del Parnaso. Quién si no fue capaz de dominar (y enseñar) el simple arte de la palabra escrita, el talento de contar las cosas empleando para ello una belleza ocurrente y enemiga del manierismo habitual. Quién, si no él, inmortalizó la esencia de un mundo que ya no existe, y la naturaleza de una condición humana que, ésta sí, perdura más allá del tiempo, de la vida y del mundo que le tocó vivir. Su escritura es una introspección en la psicología de la mente humana, analizando comportamientos, buceando en los precarios instintos que nos conforman y ofreciéndonos a pesar de todo la esperanza de redimirnos en la honestidad como humanos. Y todo urdido en una trama que engancha, pulcramente escrita, de una madurez exquisita. Y todo a base de arquetipos como sacados del Decamerón de Boccaccio; donde brilla con una luz blanquecina la figura del abnegado Philip Marlowe (¡maldita sea, todos queremos ser Marlowe!), alter ego del escritor y protagonista de todas sus libros y de la mayoría de sus relatos. En él, en Marlowe, encontró Chandler su particular singladura, la de un personaje al margen y en el mundo, dotado de una inteligencia solo proporcional a una sensibilidad como cauterizada por un pasado que se sospecha pero que por innecesario nunca se explica. Y todo empleando un estilo sobrio, de diálogos ingeniosos; privilegiando las construcciones yuxtapuestas y coordinadas que consiguen acelerar un ritmo implacable; haciendo gala de un dominio sin igual del símil, la ironía y el sarcasmo. Y todo…

Raymond Chandler murió en 1956, después de haber dejado para la posteridad obras como El sueño eterno, Adiós muñeca, La ventana alta, La dama del lago, La hermana pequeña, El largo adiós y Playback. Todas ellas ahora reunidas junto a dos relatos cortos (El confidente y El Lápiz) por la editorial RBA bajo el título Todo Marlowe. Y por ello les doy las gracias. A ellos y a mi madre, que sabe bien como quererme regalándome sin motivo trocitos de gloria como este.

Pero la gloria pesa. Más de kilo y medio de páginas que hace incómoda su lectura. Por eso, y si he conseguido trasmitirte lo que buscaba y la inquietud te acecha, también tienes los libros en Alianza Editorial, cada uno por separado y alguno más de ensayo y relatos que no recoge esta compilación, en edición de bolsillo y fácilmente manejables.

Disfrútalos. No te defraudarán, te lo aseguro. Y quizá tú logres hacerles la justicia que a mí me fue imposible.

lunes, 25 de enero de 2010

ENARBOLANDO DESTELLOS DE LUZ ENTRE LA TINIEBLA (La gente parece flores al fin, Charles Bukowski, Colección Visor de Poesía, Madrid, 2007)


Charles Bukowski murió a finales del invierno del año 94. Ya entonces era un escritor sobradamente reconocido en la escena literaria internacional. Su éxito, aunque tardío, se propagó con una rapidez asombrosa. Primero en Estados Unidos y finalmente en Europa, donde triunfó sin tantas cautelas como lo hizo en Norteamérica. Para entonces ya había cimentado con robustez el mito que la posteridad conoce. Bukowski empeñó toda su vida en componer su propio personaje, y de hecho lo logró con creces. Desde aquel día de primeros de marzo de 1994, y como caídas del cielo, comenzaron a llover una letanía de obras póstumas sacadas de los archivos personales del autor; previo consentimiento de su viuda y bajo la dirección del que fue su editor en vida, John Martin. De esa manera vieron la luz obras como Lo más importante es saber atravesar el fuego; Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta y esta última que nos ocupa: La gente parece flores al fin.

Uno no puede evitar la sospecha de que se traten todos ellos de poemarios que por algún motivo Bukowski descartó antes de su muerte. Uno no puede evitar la sospecha a pesar de las indicaciones que en el prólogo a la edición española de Flores hace Eduardo Iriarte, traductor habitual del escritor; y que nos orienta precisamente en la dirección contraria, lo que de por sí constituye una fundada sospecha. Cuando uno se adentra en su lectura, la idea que ha preconcebido lo acompaña durante todo el trayecto. Porque lo cierto es que La gente parece flores al fin es una obra menor entre sus producciones finales. No tanto por su fuerza expresiva (demoledora, en cualquier caso), sino por la inanidad de muchas de sus piezas y la reiteración de secuencias en las que el yo poético deambula por escenarios ya trabajados. No en vano, Bukowski se tomó las pertinentes molestias hasta dar por cerrada su producción poética con el libro Poemas de la última noche de la tierra, verdadero baluarte y emblema de la madurez creativa en un momento de su vida lo suficientemente cuerdo como para obrar con inteligencia y lo suficientemente cerca de la muerte como para tratarla de tú a tú. Lo que vino después, Flores entre ellas, son las secuelas de una obra esencial para comprender la poesía contemporánea. Y, quizá por ello mismo, esenciales ellas también.

Dicho esto, y sin mayor ánimo que el de llamar la atención del lector, reconozco abiertamente la validez de este tipo de iniciativas que pretenden desalojar del olvido obras que constituyen una referencia. La gente parece flores al fin, así como las anteriormente citadas, forman el epílogo de una de las obras poéticas más importantes de todos los tiempos. Porque Bukowski fue el primero de una estirpe de poetas que se ha prorrogado hasta nuestros días, atravesando fronteras e idiomas, edades y sexos. Fue el primero en sacar a la poesía de la torre de marfil en la que se hallaba y obligarla a caminar por senderos olvidados, oscuros caminos donde la vida y la muerte se yerguen como realidades indiferenciables. Bukowski hizo de la poesía el medio privilegiado de un bello sufrimiento, empleando un lenguaje dócil de una desnudez corrosiva. Consiguió alcanzar esa verdad reveladora a la que todo bardo aspira utilizando para ello un discurso prosaico y desprovisto de pompa lírica; razón por la cual su poesía se torna diáfana y accesible al público, razón por la cual aún cuenta con el recelo del purismo demagógico y partidista de los que no saben diferenciar la poesía bien hecha de un tratado de filosofía del lenguaje.

Y a pesar de los pesares, La gente parece flores al fin simboliza este dietario, enarbolando destellos de luz entre la tiniebla con títulos como Guerra y paz; Adiós, amor mío; No puedes pasar a la fuerza por el ojo de una aguja; El ataúd de la creación o este otro que aquí me permito reproducir íntegramente como colofón a la reseña:


ESPECIAL, 1990

Rendido por los años,
hastiado hasta los huesos,
bailando en la oscuridad con la
oscuridad,
el Chico Suicida
encanecido.

¡ah, los fugaces veranos
pasados y desaparecidos
para siempre!

¿es la muerte
lo que me sigue los pasos
ahora?

no, no es más que mi gato,
esta
vez